En plena campaña electoral, los candidatos de los partidos mayoritarios guardan silencio o se refieren al feminicidio de forma general y marginal. Copian la misma conducta del Gobierno.
En el extremo oriental del Viejo Mundo existe un país llamado Bielorrusia y su presidente, Alexander Lukashenko, conocido como el último dictador de Europa, es un Ángel de Dios para algunos y un Demonio para otros.
Anclado ideológicamente en la era soviética, no duda en cambiar su cetro, en su poder desde hace más de 16 años, por un palo de hockey, y blandiéndolo ante las cámaras de televisión expresa simbólicamente lo que mejor saber hacer, apalear a la oposición.
Recientemente, el eslavo se destapó con una profunda y tierna expresión de amor por las mujeres, a las que no duda en proteger, apartándolas del camino, y hasta regalándoles un par de pistolas y, por esos gestos, espera de ellas mucho cariño, devoción. Las mujeres son una gran creación, insuperable, de la naturaleza, y me inclino ante ellas, dice.
Pero con esas palabras maquilla su otra cara, un rostro patriarcal, oriundo de las cavernas, que condena a la sumisión al género que tanto dice amar. Más adelante afirma: No le cederé el sillón presidencial a una mujer, porque el gobierno no es un asunto de mujeres.
En América Latina hay países en que el Estado ha sido y es asunto de mujeres. A dos días de concluir su gestión, y tras el Chile ser devastado por un terremoto y un tsunami, Michelle Bachelet era dueña de una popularidad de 84%.
Sus cualidades humanas, y su gobierno centrado en las políticas sociales y en la equidad de género le ganaron el corazón de la inmensa mayoría de los chilenos y chilenas.
El vasto corazón amazónico de América del Sur que es Brasil, en la actualidad es gobernado por Dilma Rousseff. Contra todo lo previsto, desata una lucha implacable contra la corrupción, lo que le ha costado el puesto a cinco de sus ministros.
Ambos países representan el 37% de la población de América Latina, y no hay dudas de que los ejemplos de ambas estadistas contribuyen a un futuro más incluyente y más humano en la región.
Mientras que Lukashenko, con su bota feroz en el cuello de su pueblo, muestra dos caras. De populista, cuando puede, y de dictador cuando debe. O, en otras palabras, de Ángel y de Demonio.
En 1995, el viejo pro soviético dejo traslucir su naturaleza cuando declaró que las políticas domésticas de Hitler no habían sido «del todo malas» para Alemania.
Dicen que los extremos se juntan, como Stalin y Hitler, por ejemplo. ¿Pero qué se dice de los que alegan estar en el centro?, pero que solo se comprometen con lo que políticamente les convenga. Que no tienen compromiso con la Política, ni con la Sociedad.
En República Dominicana, tal vez esos politicastros insípidos no lo dicen con la franqueza de Lukashenko. Pero es evidente que piensan que el Estado y la Política, no son asuntos de mujeres.
Está claro que también tienen dos caras, una con la que engañan, y otra con la que se venden.
Y al igual que el bielorruso, dirían lo mismo de Hitler, si les conviene.
En República Dominicana han sido asesinadas 110 mujeres durante el primer semestre del año, según la Procuraduría.
Y ya es común despertarse en la mañana y ver en los periódicos que otras dos mujeres han sido asesinadas, en lo que parece ser un incremento alarmante de los feminicidios.
Sin embargo, en plena campaña electoral, los candidatos de los partidos mayoritarios guardan silencio o se refieren a esa pandemia de forma general y marginal.
Copian la misma conducta del Gobierno. Convenientemente se muestran estériles de propuestas, aparentemente les importan un carajo los feminicidios in crescendos.
Está claro lo que debe hacerse para enfrentar ese mal. Se puede, por ejemplo, tipificar el delito de feminicidio en el Código Penal, se pueden crear suficientes casas de acogidas para proteger a las víctimas, se pueden fortalecer las áreas de las fiscalías que les dan seguimientos a esos crímenes, se puede educar y desarrollar un amplio programa con trabajadores sociales para acompañar a las víctimas, y prevenir los casos.
Pero nadie dice, ni hace nada.
