Aunque no podemos ignorar a los viajeros, navegantes y exploradores de la antigüedad como Herodoto (484-425 d.C), podemos asegurar con certeza que el gran despegue del interés por ir más allá de los límites geográficos conocidos ocurrió en la llamada «Era del reconocimiento».
Así la llamó el investigador John Horace Parry, de la Universidad de California, en su libro the age of Reconnaissance (1981), que la enmarca en un periodo iniciado con los viajes del portugués Enrique el Navegante (1394-1460) y se extendió a lo largo de 250 años, en lo que diversas expediciones europeas ampliaron el conocimiento del mundo, establecieron contactos con entornos antes poco conocido o desconocido por completo (África, América, Asia y Oceanía), y construyeron el puente entre la Edad Media y la Época Moderna.
Sus hitos fueron la navegación de los océanos Atlántico, Índico y pacifico, la conquista de de México, la colonización de Australia y la exploración rusa de Siberia, ya en el siglo XVII.
Estos movimientos tuvieron un impacto global que dio lugar a la cultura occidental como la conocemos hoy, y resultaron decisivos para la Ilustración, que fue, entre otras cosas, una aproximación científica al mundo natural.
En ese mismo sentido, fueron el motor de nuevas generaciones que continuaron en los siglos posteriores, e incluso hasta el presente, en las que aventureros intrépidos se interesaron por llenar los huecos que quedaban en el mapa y acceder a puntos desconocidos del planeta como los polos, las elevadas cimas montañosas, los peligros de las selvas, la soledad de los desiertos y la oscuridad profunda del mar, apoyados en los cambiantes recursos tecnológicos propios de cada momentos histórico.
Ese afán inspiró, en la segunda mitad del siglo XX, la llamada «Era espacial», e hizo posible algo antes imaginable: la llegada del ser humano a la Luna, un hecho tan desconcertante que muchos todavía se niegan aceptarlo.
La desaparición
La expedición y desaparición de Percy Fawcett en el Amazonas en el año 1925 nunca ha sido aclarada, y el enigma sigue en pie hasta nuestros días.
Se han barajado todo tipo de hipótesis alrededor de su desaparición pero se sabe muy poco de su vida y qué le impuso en forma tan tenaz continuar hasta el último momento en la búsqueda de aquella Ciudad Perdida, la misteriosa Z de sus desvelos, que para algunos estudiosos puede ser la entrada a Akakor o a una civilización perdida que no quiere tener contacto con nadie del mundo exterior.
¿Encontró realmente la ciudad de sus sueños y permaneció en ella a través de los años? ¿Fue cruelmente asesinado por los indios Murcegos en la selva?
¿Quién era?
Intentamos arrojar un poco de luz acerca de este enigmático personaje que vivió siempre de acuerdo con sus convicciones y que devino en uno de los últimos aventureros de nuestra historia reciente.
Por de pronto debemos decir que Fawcett era una persona iniciada y mística por excelencia, alguien lo definió como que llevaba el esoterismo en la sangre y en el alma. Su hermano Edward Douglas colaboró con Helena Blavatski en su libro famoso La doctrina Secreta y fue miembro fundador de la Sociedad Teosófica.
Percy Harrison Fawcett fue fundador de la Royal Geographical Society de Londres y entre sus amistades prominentes cuenta el legendario Sir Arthur Conan Doyle.
Nació en el año 1867 y en Enero de 1901 se casa, pero esto no fue impedimento para seguir su búsqueda personal, más aún entre sus muchos viajes, que le dieron una visión muy especial de la vida, aprendió topografía y también tuvo un hijo que nacería en Ceylán en 1903.

