Editorial

Monseñor Roque Adames

Monseñor Roque Adames

La partida a la eternidad de un  ser humano con las cualidades y virtudes  de monseñor Roque Adames ha de ser una experiencia maravillosa, como la define monseñor Ramón de la Rosa y Carpio, quien   estuvo a su lado al momento de su deceso en el Hospital Metropolitano de Santiago y ha testificado que “murió con una paz increíble”.

Así tenía que ser, porque monseñor Adames, quien falleció a los 81 años, fue un hombre bueno, cuya sotana, que vistió con humildad y dignidad por 55 años, estuvo siempre al servicio del bien común.

Sin pretender suplantar a Dios, este obispo emérito pudo siempre confrontar sus naturales debilidades humanas con la fortaleza de su fe, lo que   ayudó a consolidar un sólido liderazgo entre los obispos y una  proverbial mancomunidad de confianza y respeto con  su feligresía.

Nació en Jánico, en el corazón de la Cordillera Central, el 8 de noviembre de 1928 e inició su vida religiosa  en  el seminario menor Padre Fantino, en Santo Cerro, La Vega. Fue ordenado sacerdote en 1954.

Investido de obispo en 1966, monseñor Adames alcanzó el grado académico de doctor  en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y  fue considerado uno de los hombres más cultos  e ideológicamente avanzados de la Iglesia Católica.

 Con su crucifijo en ristre, este  buen cristiano fue parte activa del Movimiento Renovador que ayudó a conquistar la libertad  de cátedra en la  Universidad Autónoma y fue también rector de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra y fundador del Plan Sierra.

Monseñor Adames  asoció  su pulcro ministerio a sus ingentes esfuerzos  por consolidar el espacio democrático y  regó semillas que hoy germinan sobre  la responsabilidad social de las clases  dominantes.

La República recordará por siempre a monseñor Adames, como un hombre sensible y sincero que predicó el Evangelio con  tesón y pasión, sin que sus pies se despegaran de la tierra.

Santiago y toda la nación lloran hoy  la partida de un hombre bueno que vivió y  murió con una paz increíble.

El Nacional

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