SANTIAGO. Desde muchos establecimientos comerciales que operan en esta ciudad se irrespeta cada vez más a las personas que se ven en la necesidad de caminar o transitar en vehículos por sus alrededores.
Sillas, mesas, taburetes, grandes y ruidosos amplificadores de sonido, sumados al irregular estacionamiento de automóviles propiedad de los parroquianos, convierten esas áreas en tierra de nadie, ante la mirada indiferente de las autoridades.
No importa que los negocios, especialmente aquellos donde se expenden bebidas alcohólicas, estén localizados en humilde barrios, en sectores de la clase media o los alrededores del Monumento a los Héroes de la Restaucación.
Como quiera el desorden vial peligrosamente se torna en un accionar irresistible, convirtiendo la ciudad en algo casi inhabitable, fundamentalmente en la noche, cuando a esos negocios asiste la mayoría de los clientes.
Hasta hace alrededor de 15 años los pocos establecimiento de diversión y restaurantes que funcionaban en el área monumental no representaban peligro para la tranquilidad de las personas que residían en sus cercanías, hasta el extremo que existía cierta armonía en el ambiente.
Sin embargo, desde entonces las cosas comenzaron a cambiar en ese entorno, fundamentalmente gracias a los altos volúmenes de los aparatos reproductores de música, las reyertas entre parroquianos y la proliferación de homosexuales y lesbianas. Aquellas familias que sentían orgullas de vivir prácticamente al pie del Monumento, poco a poco comenzaron a emigrar a otros sitios, viéndose en la necesidad de vender sus propiedades a personas que las transformaron en lugares de diversión y esparcimiento.
A los insoportables ruidos generados por la amplificación de la música, de un tiempo a esta parte se le suma la extensión de algunos de esos negocios hasta las áreas reservadas para el tránsito de peatones y hasta de vehículos.
Los dueños de esos negocios, evidentemente desprovistos de los más mínimos escrúpulos, no paran mientes en sus afanes de albergar la mayor cantidad de clientes, aunque para ello tengan que invadir las áreas que las ordenanzas municipales reservan para el tránsito o estacionamiento de vehículos y para el desplazamiento de peatones.
La realidad en los barrios no es diferente al pandemonium que impera en la llamada área monumental. En esos lugares las autoridades no han podido acabar con los abusos a que son sometidas las personas que se aventuran a caminar por los alrededores donde operan esos negocios, so pena de recibir algún golpe por el poco espacio que los dueños de esos negocios dejan para desplazarse. Como en la zona monumental, en esos sectores de clases media y baja muchos vecinos se han visto en la necesidad de abandonar sus casas, vendiéndolas o alquilándolas a precio de vaca muerta, porque nadie quiere vivir en ellas como consecuencia del irrespeto a que son sometidos. En otros negocios sus propietarios no sólo se han arrogado el derecho de instalar mesas y sillas en las aceras y hasta en las calles, sino que han hechos construcciones sólidas en los alrededores, convirtiendo esas áreas en genuinas extensiones de los mismos, como es el caso del bar Los Socios, localizado en la entrada principal de los apartamentos de Los Reyes.
Se recuerda que, cuando hace algunos meses el general Francisco Romer López, de la Policía Nacional, fue designado como director de la Dirección Cibao Central de la institución, puso en marcha operativos nocturnos contra los elevados volúmenes de la música surgida de esos lugares, incautando en pocos días cientos de vocinas. Esa medida fue positivamente comentada por la sociedad, pero sorpresivamente fue descontinuada semanas después, ignorándose las razones.
Mientras tanto, los bares, cafeterías y negocios de expendio de alimentos han vuelto a burlar las leyes municipales y de Medio Ambiente, ahora con más fe, ante el descalabro de la campaña anti-ruidos de entonces.
UN APUNTE
Escrúpulos
Los dueños de negocios, desprovistos de l escrúpulos, no paran en sus afanes de albergar la mayor cantidad de clientes, aunque para ello tengan que invadir las áreas que las ordenanzas municipales reservan para el tránsito o estacionamiento de vehículos y para el desplazamiento de peatones.

