Se marchó en paz a las regiones eternas, Don Nicolás Rivera, y en él se encarnan las frases de Francisco Petrarca: un bello morir, honra toda una vida.
Este titán de la moral y el trabajo, fue un hombre bueno, servicial, digno, hijo preclaro de las fértiles tierras de Najayo Arriba, San Cristóbal, bastión de ciudadanos y ciudadanas laboriosos, que son orgullo de esa comunidad. Allí se enhiesta el Fuerte de Resolí, bastión donde buenos dominicanos lucharon, formando un frente en defensa de la libertad.
Nicolás Rivera, cariñosamente Jengo, exhibía, como flores y rosas de Najayo, una blanca sonrisa y firme determinismo, haciendo del trabajo un norte. Laboró por 17 años en la Secretaría de Agricultura, y luego en tareas agrícolas.
Contrajo matrimonio con la hermosa y brillante dama, Brígida R. Robles (Bijín) símbolo de solidaridad, nobleza y amor, Nacieron sus proles Danilza, Olivo, Nancy y Josefina, quienes siguieron las directrices de sus progenitores, Doña Bijín fue también símbolo de honradez y esfuerzo, gozando, como Nicolás, del cariño de toda esa comunidad y del pueblo de San Cristóbal.
Olivo es un intelectual de amplios quilates, forjado en la fragua del honor, en la escuela y los estudios, de firmes convicciones, tallado en la moral junto a sus hermanas, y un luchador por los ideales de la patria, los valores éticos, y su comunidad, quien desempeña las honrosas funciones de Vicecónsul de la Nación Dominicana en Sevilla, España, de donde viaja para estar al lado de su padre por última vez, ofreciendo, junto a sus apreciados hermanos, el último beso, la bendición y el adiós, envueltos en lágrimas y tristezas que no olvidarán.
Al escribirle a Nicolás, mi gran amigo, lo hago, no solo cual bullente instancia del espíritu, sino también en nombre de mis familiares, los hijos y hermanas de Bombola Nina, ya que cuando nuestra madre fue trasladada como maestra de escuela de Los Mineros, también tierra de mis ensueños, a Najayo, Bijín y Nicolás, le ofrecieron albergue en su casa, y un cariño inmenso que ella llevó en su corazón hasta el final de sus días, y nosotros por igual.
Al asistir en compañía de Miguela, mi leal secretaria, al último rezo de Jengo, en Najayo, volví a contemplar con Olivo la hermosa mata de caimito, con más de 200 años, y a recordar cuando acompañábamos a nuestra madre a la casa de Jengo y a la escuela.
Al saludar a muchas damas y caballeros de allí, gentilmente me decían : Doctor Rojas Nina, su madre fue nuestra querida maestra, y siempre la recordaremos. Nos enseñó mucho, y también le queríamos. Entre esas afables personas, se encuentran María Francisca y Antonia Germosén; Amancia, Dolores y Mercedes Díaz, alumnas, y María Figuereo, quien era vecina y también alumna, Gracias a quienes rememoran el nombre de mi inolvidable mamá.
Ojalá una calles o una comunidad de Najayo Arriba ostentara el nombre de Nicolás Rivera, por su ejemplo y templanza, porque vivir en el corazón de los que dejamos detrás de nosotros, no es morir, expresiones de Tomas Campbell, que llevan en sus sentimientos los afables y distinguidos de Nicolás, ya que, al bajar al sepulcro, él lleva la corona de la dignidad. Adiós, queridísimo amigo, duerme en paz

