Su figura era causa ineludible de asombro. Enjuto, misterioso, con una sensación de frialdad que al niño le producía pavor cuando lo veía llegar a la casa campestre donde pasaba vacaciones. Siempre llevaba bajo su axila izquierda un lienzo como protegiendo un objeto imprescindible.
Pasaba las seis décadas y su evidente desnutrición le sumaba al menos otra. Era evidente que sentía especial fascinación cada vez que sus servicios eran requeridos para realizar una tarea que el pequeño se empeñaba en descubrir, pero que sus anfitriones se obstinaban en ocultarle, con lo cual incrementaba su intriga.
Apenas llegar se dirigía al patio trasero de la vivienda y ahí se iniciaba una especie de encierro forzoso del curioso, con el obvio propósito de que no se percatara de la misión llamada a ser ejecutada por el sinuoso personaje. El visitante de la familia empezó a relacionar la periódica visita con los banquetes opíparos servidos el mismo día o al siguiente de la efímera estancia del lúgubre caballero.
Cosas distintas ocurrieron aquella tarde. El ritual no siguió el proceso acostumbrado. En la galería de la casa se produjo una conversación que, con gran esfuerzo, algo de ella pudo escuchar el adolescente.
Era una tertulia absolutamente sádica. Los interrogadores, con morboso deseo de conocer las maneras en que aquel sujeto extraño ejecutaba su labor. Él, extasiado en el placer obsceno que le producía no solo llevarla a cabo, sino narrarla con una suerte de delicia que ponía de manifiesto que reunía a cabalidad los síntomas perfectos para un diagnóstico psiquiátrico.
-Cuéntanos, ¿cómo lo haces-?-¿Con qué? -¿Cuántas veces lo intentas? -¿Cómo reacciona él-?
-Suavecito- -Con esto que llevo debajo del brazo- -Un solo intento me resulta suficiente- Él se va quedando dormidito-
El diálogo hizo relajar los rigores del cautiverio del menor, quien a la primera oportunidad fue a esconderse en un lugar donde era difícil descubrirlo y podía dominar el escenario donde estaba seguro se realizaba aquello que tanto atraía su infantil curiosidad.
A pocos minutos llegó la comitiva encabezada por quien era centro de atención de la incógnita velada. El alma del muchachito saltaba como queriendo romper las paredes de su piel. El hombre desplegó el trapo y agarró firme el filoso puñal que escondía.
Lo sujetó por sus tiernos cachitos y penetró sin rubor el puro centro del corazón del chivito. Imposible determinar quién cayó primero, él o el niño espantado.
Por: Pedro P. Yermenos Forastieri
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