Recibí mi único entrenamiento como cuero de Ramón Colombo. Había llegado al país en 1983 y pocos meses después conseguí empleo como directora de Educación de Profamilia, cuya presidenta quería introducir formas innovadoras de acceso a las mujeres para poderlas ayudar a combatir las enfermedades de transmisión sexual y asumir métodos seguros de planificación familiar.
Uno de los sectores de más difícil acceso eran las trabajadoras sexuales, por razones obvias, y porque era difícil asignar una facilitadora a esos predios y lograr una comunicación efectiva con las muchachas.
Es ahí donde aparece Ramón Colombo, a quien había conocido vía Juan Bolívar Díaz, en la puesta en circulación de mi primer poemario: Viaje desde el Agua.
Su simpatía nos hizo amigos de inmediato, y su falta de complejos cuando narraba sus orígenes como muchacho de la barriada de Villa Consuelo y sobrino de una “maipiola”, es decir, de la dueña de un burdel.
De ahí heredaba sus dotes de “tíguere” y de bailarin de son, exactamente lo que yo necesitaba.
En una de nuestras reuniones le planteé mi desafío de acceder a las prostitutas y gustoso me ofreció ser mi guía, pero, dijo: “no llegarás ni a la puerta con esa pinta, tienes que ponerte unos jeans apretados, un poloshirt apretado, tacones y maquillarte”. Y, eso hice, pero lo que Colombo no me dijo es que los “cueros” no usan lentes ni que tuviera cuidado con mi forma de hablar.
Un lunes salimos para el Chantilli de los Albañiles y allí un señor sesentón casi me asfixia, hasta que Colombo llegó a mi rescate. Continuamos nuestro tour por la Zona hasta que llegamos al legendario “Herminia” donde me presentaron a la dueña y eché a perder mi cobertura de Mata Hari preguntándole a la Doña que ¿Cuáles eran las reglas de su establecimiento?.
Su furia fue inmediata: ¿Qué carajo quiere usted decir con “reglas de mi establecimiento”? “ Este es un lugar decente para toda la familia. Aqui vienen los esposos con sus esposas, sus hijos con sus novias.”
Salimos de donde Herminia sin hablar con las muchachas hasta que una nos susurró que visitáramos los salones de belleza, que ahí estaban todas durante el día. Y asi nació uno de los programas más exitosos de Profamilia.
¿Que más descubrimos?
Que ningúna había optado por la “vida alegre”, o la más triste de las profesiones, porque fuera una puta innata, o porque disfrutara del sexo con muchos hombres. Se podía escribir una “victimología” donde la pobreza era la protagonista principal.
¿Y, Colombo?
No era tan fiero como parecía. Más bien era el hermano comprensivo de las mujeres con que conversábamos. El más tierno de los tígueres.
Por: Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

