Con los años y la lectura me ha asaltado el morbo de escribir y hablar correctamente, aunque no hago bien una cosa ni otra. Sin embargo, me resulta fácil identificar los atropellos al idioma que cometen políticos y comunicadores. De un tiempo a esta parte se ha venido abusando hasta el agotamiento de la especificación del sexo femenino en los sustantivos que designan seres animados.
El legislador revisor de la Constitución se dio gusto haciendo explícita la alusión a ambos sexos: los hijos e hijas, dominicana o dominicano, la o el Presidente, las senadoras y los senadores las y los funcionarios públicos, en fin, injertó por todas partes, en cansona repetición, la distinción del sexo femenino del masculino. No ignoro que son razones políticas las que motivan esa explicitud absolutamente innecesaria de acuerdo con la ley lingüística de la economía expresiva.
Resulta que los colectivos mixtos pueden y deben ser referidos mediante el uso del género gramatical masculino. En los ejemplos citados, lo correcto era consignar el Presidente, los senadores, y así sucesivamente, sin que en ningún caso, como explica el Diccionario Panhispánico de Dudas, deba considerarse intención discriminatoria en perjuicio del género femenino.
La arroba, empleada para no incurrir en esas repeticiones fatigantes, es otro error, pues no es un signo lingüístico, y por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde todo punto de vista normativo, como se lee en el indicado diccionario. De modo, pues, que la novedosa costumbre de aludir ambos sexos, lo propio que eludirlo a través del arroba, no responden al buen decir y mejor escribir. Mientras peor hablemos menos nos entenderemos unos con otros, lo que es una verdad de Perogrullo, como aquel ejemplo clásico que nos enseña que a la mano cerrada se le llama puño.

