La Iglesia Católica en República Dominicana y en el mundo parece tan ocupada en imponer su visión a la gente de como vivir y a los Estados de como gobernar, que en su agitada agenda de cartas, sermones y militantismo político, parece olvidar leer de vez en cuando la palabra del mismo Dios que se afirma defender.
El regalo más valioso del Dios judeo-cristiano otorgado al hombre, no fue la vida, ni el mundo en el que vive, ni siquiera la misma inteligencia. El regalo más grande de Dios al hombre fue el libre albedrío. La capacidad personal de decidir sobre su vida, delineando claras consecuencias a sus decisiones, pero otorgándole la facultad de elegir el camino que deseara seguir.
Dios pudo hacerse crear esclavos y fieles seguidores, que ciegamente se desvivieran por sus deseos. Entes libres de todo pecado que cumplieran sus enseñanzas. Pero prefirió crear seres libres, capaces de elegir su camino, conscientes, inteligentes e independientes. Ese libre albedrío justifica la existencia de la Iglesia. Si fuésemos esclavos de la voluntad divina no habría necesidad de la evangelización ni la prédica. ¿Quiénes se creen la Iglesia y sus líderes para otorgarse el derecho de privar a los hombres del regalo más preciado?
Como consecuencia de ese libre albedrío nacieron las sociedades y los Estados. Y tanto cuidado y respeto reserva Dios a su regalo, que su hijo se cuida de hacer la diferenciación entre lo que es de Dios y lo que es de los hombres: Jesús fortalece la facultad del ser humano de elegir su destino y la forma en que lo organiza cuando ordena dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Jesús no vino a imponer, vino a guiar bajo la preexistente premisa del libre albedrío; Jesús pidió a sus discípulos llevar la Buena Nueva y predicar sus enseñanzas, nunca habló de coercionar o aplastar las leyes de los hombres o el libre albedrío.
La Iglesia ha perdido el enfoque de esas enseñanzas, y en su prolongada lucha por imponer sus normas, ha pisoteado el regalo de Dios.
Este fin de semana se puso en pie de lucha para evitar una flexibilización o total legalización del matrimonio homosexual y el aborto. Estas manifestaciones del libre albedrío que nos regaló el Señor, tienen efectos que van más allá de cuestiones morales, lo que les hace políticas de Estado, y por tanto es una intromisión inaceptable de la Iglesia en asuntos de Estado y una falta de respeto a las enseñanzas de Dios y su Hijo.
La homosexualidad es una realidad tan antigua como el hombre y si está bien o mal dependerá del juicio de cada cabeza. Lo que no se puede ignorar es que miles de parejas de homosexuales no tienen los mismos derechos que las heterosexuales, como el reconocimiento de la comunidad de bienes, pensiones por fallecimiento de la pareja, las reservas sobre bienes de la comunidad…, asuntos que competen al Estado y no a normas moralistas.
Otro tanto se puede decir del aborto, pero el punto de este artículo es llamar la atención a la Iglesia de que la separación del Estado y la Iglesia no empezó en el secularismo de la Ilustración, sino en la misma palabra de Dios que ella está llamada a difundir. Es tiempo de aplicar lo que se predica.

