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Peña Gómez: filántropo

Peña Gómez: filántropo

Pedro Corporán

(I)
Las injusticias no pasan nunca al archivo eterno de la historia. Son despertadas por los acontecimientos del futuro que vuelven por sus fueros del pasado.

Un día 10 de mayo de 1998, falleció el doctor José Francisco Peña Gómez. Su impronta merece registro histórico.

Fue el 6 de marzo de 1937, cuando vio la única luz que le permitió su origen, la luz que realmente ilumina, la creada por la naturaleza, en la frontera de dos culturas bifurcadas por la historia, a una altura que le acercaba más al cielo, allá en la loma de Guayacanes de la comarca del Flaco, Paraje Santa Cruz, Provincia Valverde, al lado de sus ancestros, Vicente Oguís y María Marcelino, en un albergue de tierra desnuda.

Aún extrañaba el vientre que lo concibió, cuando miles de seres humanos mancharon de sangre la tierra de la cuna donde había nacido o enrojecieron las aguas del río Masacre, el Masacre de Freddy Prestol Castillo, el que se pasa a pie, mientras el destino reservaba a este infante de apenas un año de edad, gritando en el escenario del dolor y de la muerte, en la matanza que ávido de sangre ordenara el dictador Rafael Leonidas Trujillo, el 6 de octubre de 1937, réplica miniatura de la orgía macabra cometida por los haitianos a partir del 3 de abril de 1805, conocida como El Degüello de Moca, pero igual de condenable.

Incubado en el regazo adoptivo de María Fermina Gómez y Regino Peña, ángeles del humanismo, seguiría gritando contra las injusticias por todo el camino de su accidentada existencia, como si hubiere nacido marcado por las arengadoras frases escritas por el poeta chileno Pablo Neruda: “…las cosas no terminan nunca con el olvido ni con el silencio”.

Jamás imaginaron los jinetes de la muerte, que la sobrevivencia de un inerme y desamparado infante en medio del improvisado camposanto –justificado por almas infernales que aún viven–, se convertiría en su calvario histórico, atormentados por un apóstol de la libertad y de la vida, superviviente de ese alevoso, convicto y confeso genocidio. Su nombre, José Francisco Peña Gómez.

Humildad, nobleza y valor parecen haber sido las semillas que opacaron los defectos en el espíritu de este hombre, pues germinaron extendiéndose como la verdolaga por encima de las malezas sociales por todo el camino de su vida, convirtiéndolo en un símbolo del altruismo humano, un político filántropo, especie muy escasa en nuestra cultura latinoamericanista, elevándose a las más altas cumbres del reconocimiento político internacional.

Socialmente la humildad fue de origen en José Francisco Peña Gómez, pero lo más significativo fue la conversión de esta condición, en una virtud de su escala moral que se acrisoló a lo largo de su brillante y desprendido record de servicio a la nación, siendo capaz de preservarla no obstante haber alcanzado, como políglota autodidacta, una investidura nacional e internacional que le brindó en bandeja de plata fama, prestigio, poder y oportunidad de tener fortuna que nunca procuró.

Por: Pedro Corporán
lic.pedrocorporan@gmail

El Nacional

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