Opinión

Presencia economica

<P>Presencia economica</P>

Cuando la credibilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI) pasaba por uno de sus peores momentos desde su constitución en la histórica Conferencia de Bretton Woods (1945), sobrevino la Gran Recesión (2008-2009) y con ella el renacer del citado organismo crediticio multilateral.

 En efecto, se recordará que durante los inicios de la primera década del siglo 21 el FMI se encontraba sumergido en una profunda crisis financiera que dificultaba su funcionamiento interno y el pago de los sueldos a la amplia nómina burocrática, a la vez que pocos países deudores mostraban interés en tocar sus puertas. La institución se debatía entonces en medio de un debate de supervivencia  y se encontraba al borde del colapso.

 El sacudimiento telúrico que en el verano del 2007 afectó al territorio financiero norteamericano  se propagó en un abrir y cerrar de ojos por todo el globo terráqueo, sumiendo a la economía mundial en una crisis productiva, comercial y financiera como nunca antes se había visto desde los años de la Gran Depresión (1929).

 Fue entonces cuando las potencias económicas integrantes del aristocrático Grupo de los Veinte (G-20) decidieron oxigenar al FMI para continuará desempeñando el papel de policía financiero internacional.

El club de los países ricos triplicó los recursos financieros disponibles en las  arcas del FMI,  procediendo a inyectarle al organismo crediticio unos 750 mil millones de dólares bajo la forma de aportes directos, venta de una parte de sus reservas en oro y también mediante la emisión de títulos o bonos.

Durante la Gran Recesión el FMI introdujo cambios coyunturales  en sus tradicionales recetas de ajuste económico, caracterizadas todas por  la contracción del gasto público, el recorte a los gastos sociales, la automarginación del Estado en las regulaciones financieras y el culto al déficit cero.

A finales del 2009 y durante el 2010 el FMI acompañó a los países subdesarrollados en el acceso a nuevos préstamos sin aplicar las rigurosas condicionantes ortodoxas contenidas en los cuestionados acuerdos Stand-By, que representan su línea de crédito tradicional.

Pero tras registrarse una ligera recuperación de la economía mundial durante el 2010, el FMI, interpretando los intereses monetario-financieros del G.20, ha vuelto a sus rigurosas exigencias contractivas, sobre todo, en las economías subdesarrolladas.

La crisis del endeudamiento público que amenaza la persistencia del euro como moneda única de la Unión Europea (UE) y los insalvables problemas estructurales que agobian a la economía de Estados Unidos han colocado al FMI en una encrucijada programática.

Lo cierto es que el FMI parece apostar, por nueva vez, al retorno de su ortodoxia contractiva o de shock en medio de señales inequívocas de una fase recesiva en la economía mundial. Sin dudas, el costo social y político  de semejante decisión ya se hace sentir por los predios europeos y podría expandirse sobre los países subdesarrollados.

Apostar a la contracción del gasto público en medio del advenimiento de una nueva fase recesiva dentro de la economía mundial sería como echarle leña al fuego.

El Nacional

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