Opinión

Primeras horas

<P>Primeras horas</P>

Este artículo fue escrito el viernes de noche y hasta ese momento su autor valora como positivas las iniciativas que ha tomado el nuevo presidente en sus primeras horas de ejercicio.

 El discurso de toma de posesión fue estructurado con cuidadosa inteligencia, reflejando el mérito de expresar lo que quería comunicar sin producir irritaciones imprudentes en quienes contribuyeron con la victoria del orador, pero que al mismo tiempo son responsables de un legado nada halagüeño.

Nada ni nadie puede ser evaluado sin considerar el contexto en el cual actúa. Al nuevo mandatario no puede pedírsele que eluda de forma total la realidad externa e interna con la cual lidia. Lo primero que debe evitar, como lo está haciendo, es una crisis dentro de sus propias fuerzas de sustentación que le dificulte la gobernabilidad y, en consecuencia, vea mermadas sus posibilidades de implementar las medidas que propone.

En la actividad política, como en todo en la vida, no siempre las cosas se obtienen dentro de las circunstancias más favorables y los hechos imponen condicionantes que fuerzan a hacer concesiones y ejecutar acciones no como se conciben y anhelan, sino como resultan posibles dentro de un escenario determinado.

Desde su renuncia para procurar la candidatura presidencial por su partido, Danilo Medina trazó una ruta que lo conducía, de forma ineludible, a una confrontación con otros sectores de la organización que tenían o pretendían lo mismo. Pese a eso, y como es sabio que hiciera, para alcanzar sus objetivos debió pactar con esos sectores y ahora no puede exigírsele que aplique una política de tierra arrasada porque eso atentaría contra sus intereses.

Es obvio que está consciente de la necesidad de cambio que tiene la nación y no hay dudas que intentará satisfacer esa demanda, pero está compelido, más allá de sus posibles deseos, a canalizarla a partir de las herramientas que su realidad le impone. Eso no constituye, bajo ninguna perspectiva, una abdicación a promesas electorales, sino una conciencia plena de la complejidad de la situación en la cual se mueve.

El ascenso al poder del presidente, por encima de otras consideraciones, es resultado de un ejercicio finísimo de equilibrio que lo mantuvo transitando de forma permanente al filo de la navaja ante la terrible tarea de dar respuesta al cambio aspirado por tantos, sin desdeñar el aporte que precisaba de quienes erran creadores de las causas que generaban esa aspiración transformadora.

El Nacional

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