El saliente administrador del Banco de Reservas, Simón Lizardo, ofreció una loable demostración de prudencia al dejar sobre la mesa la pensión de un millón de pesos mensuales que se había aprobado por sus servicios en la entidad.
Todavía le corresponda no se veía bien que se despidiera con una asignación cuya aprobación ha sido cuestionada. Si el beneficio laboral viola algún precepto la responsabilidad, en todo caso, sería de quienes lo decidieron.
Y por demás dejaría mucho que desear sobre la competencia de la saliente junta de directores. El nuevo consejo de Banreservas, que ya fue designado, debe analizar si la pensión y otros beneficios tanto a Lizardo como a otros exfuncionarios se corresponden con las normas de la entidad.
Y tiene que hacerlo con prontitud para cortar comentarios capciosos que perjudican la imagen del banco.