La política migratoria dominicana es no tenerla, negar como Estado un asunto vital y preferir enfoques coyunturales, miopes, fundamentalistas, xenófobos y sesgados por la discriminación y palmarias violaciones a normas universales de derechos humanos y fundamentales.
El tema se reduce a Haití. Las autoridades no pegan una, ignoran criterios modernos y multisectoriales, pisotean normas constitucionales sobre la nacionalidad de descendientes de extranjeros nacidos aquí.
El último disparate, no se puede calificar de otra manera, es la disposición para impedir un derecho universal como la educación a niños de ascendencia haitiana, muy probable hijos de padres indocumentados, pero cuya condición de ilegalidad no se le transfiere.
Peor aún, se trata de criaturas nacidas en territorio nacional, antes del 26 de enero de 2010 (proclamación de la Constitución) a las que indudablemente por jus soli les corresponde la nacionalidad dominicana, que les es negada por la autoridad que debe reconocerla con la expedición de documentos de identidad.
Por eso el país ha sido y será el hazmerreír internacional, sin dudas en el futuro, con asuntos colaterales que indican discrimen y abuso de autoridad contra haitianos y sus descendientes, que son dominicanos, como ya pasó con la condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Llora ante la presencia de Dios, irrita, incomoda y deja impotente ante tanto abuso e injusticia, el haber visto la entrevista televisada dominical en Jornada Extra de Teleantillas, a una muerta civil de 25 años, nacida aquí de padres haitianos.
La joven, bachiller, criada y escolarizada aquí, legal y afectivamente dominicana y con dominio de un español pulcro, por encima del promedio, tiene acta de nacimiento expedida por la Junta Central Electoral que, sin embargo, le niega la cédula de identidad y electoral.
Como ese hay cientos, miles, de otros casos de muertos civiles, condenados a inexistencia legal, discriminados, desocupados, descalificados, incomunicados, vejados, en fin, asesinados por autoridades fundamentalistas, peores que terroristas, estigmatizados como tales, por el temido imperio.
Ese patrioterismo xenófobo, estimulado por sectores de poder, es peligroso, como una gota sobre piedra ¡Tamaña vaina!

