El increíble robo de un avión de su hangar del aeropuerto internacional La Isabela, de El Higüero, además de extraño, curioso y espeluznante, confirma la entronización gubernamental de la delincuencia de cuello blanco con la imprescindible complicidad de las autoridades.
Por sus características, de acuerdo a la versión oficial, este hurto sólo es posible en películas o en un país macondiano con población que agotó la capacidad de asombro ante frecuentes nuevas modalidades delictivas y la incapacidad oficial para frenarlas.
No se trata del robo nocturno en un colmado sin vigilancia y en medio de un apagón, sino de la sustracción del avión de doble turbohélice Beechcraft modelo King Air con matrícula norteamericana, de su hangar en una terminal aérea internacional.
El lugar del robo es un puerto, zona estratégica, objeto de vigilancia y seguridad permanentes a cargo de agencias gubernamentales como el Cuerpo Especial de Seguridad Aeroportuaria (CESA) y un rosario de siglas más.
La hazaña de los pilotos delincuentes era imposible de materializar sin apoyo, coparticipación o complicidad de autoridades, por la hora, de madrugada, y los procesos agotados para completar su depósito de combustible con avtur robado a otros aviones, remolcar la aeronave a pista, encenderla y despegarla en la oscuridad. ¡Parece una película!
Es innecesaria la inteligencia extraordinaria para deducir el fin del robo y destino del avión, capaz de llegar a Suramérica en dos horas y minutos. Tampoco falta averiguar la experiencia de pilotaje de los pillos, ladrones no comunes. No sería osado conjeturar que los ladrones, quizás mulas, fueron a buscar una carga especial, cumplieron su cometido y regresaron y que en algún lugar el avión será encontrado abandonado, accidentado e incendiado. Y ahí termina la película.
El país volverá a la normalidad, el hecho queda impune, no se llega a conclusiones que marquen precedentes y a poco tiempo surgirá otro escándalo que hará olvidar este. Y sigue el círculo o circo vicioso de lo mismo, cada vez con menos fe en la autoridad… ¡Y colorín colorado!
