La prisión preventiva, extremo del catálogo de medidas de coerción del Código Procesal Penal, está de moda como respuesta de las autoridades a justificadas presiones mediáticas de sectores alarmados por la violencia de género contra mujeres.
Un hecho incontrovertible es el aumento de casos de muertes de mujeres por hombres, denominados feminicidios (término no aceptado por la RAE), resultado de violencia intrafamiliar en violaciones a la ley 24-97 en hechos atribuidos a asuntos pasionales, entre antiguas o actuales parejas.
Según estadísticas de la Procuraduría General de la República desde 2008 a 2010 perdieron la vida 204, 199 y 210 mujeres cada año y en este 2011 la cifra se acerca a 220.
Hay un problema latente que requiere respuesta condigna de las autoridades, por un lado atacando las causas con acciones educativas y de prevención y, por otra parte, endureciendo las penas por este delito.
La sociedad está conteste en eso. No así en la aplicación casi automática de la prisión preventiva como medida de coerción extrema contra todo mortal varón denunciado o imputado por una mujer y/o por el Ministerio Público como agresor sexual, verbal, físico o psicológico.
La prisión preventiva no debe convertirse en una forma de castigo anticipado, advierte sabiamente la ley, y todo imputado, del delito que sea, está favorecido con el principio de presunción de inocencia que, es evidente, entra en conflicto con la privación de libertad automática en hechos de violencia.
La Ley de Leyes postula, en su artículo 40.9, que las medidas de coerción restrictivas de libertad personal, tienen carácter excepcional y su aplicación debe ser proporcional al peligro que tratan de resguardar y, por otro lado, el Código Procesal Penal precisa que buscan asegurar la presencia del imputado en el procedimiento.
La igualdad ante la ley es otro principio constitucional para evitar discriminaciones y con la prisión preventiva casi automática en casos de violencia contra la mujer se establece, en la práctica, un privilegio con medida cautelar distinta y extrema en razón del género y sin probarse la culpabilidad.

