Tiene perfil ideal para regidor. El trabajo en la comunidad es su pasión. Conoce, por haberlos padecido, problemas y anhelos de gente que sufre no sólo el rigor de la pobreza, sino la ironía de los que la usan para medrar a su costa, con la agravante de que sus penurias son tan dramáticas que les obligan a ser parte activa del escarnio. Miseria y burla en simbiosis de perpetuidad.
Distinto a sus iguales, comprendió que la educación era el camino infalible para superar la situación y, junto a sus labores sociales, avanzaba, con retraso, en sus estudios. Se hizo abogado y militante del PLD. El trabajito que obtuvo en el primer gobierno de ese partido, le abrió puertas para ampliar sus posibilidades de auxiliar al prójimo.
Desde la labor realizada en la Junta de Vecinos de su sector, concibió la idea de incorporar una Fundación para canalizar proyectos de desarrollo comunitario, y han sido fructíferos los resultados, de manera principal por su impulso tesonero.
Para las elecciones del próximo año, quiso ser regidor y se inscribió en la lista del organismo partidario al que pertenece. Ahí empezó otra historia. Estaba consciente que necesitaba dinero para promover su propuesta, pero supuso que su trayectoria de servicio y la simpatía y reconocimiento que generaba en quienes lo conocían, harían la parte principal y la plata sería secundaria.
Distribuyó bonos entre amigos, solicitó ayuda a comerciantes de su barrio que conocen sus desvelos y, a duras penas, recabó unos pesitos para enfrentar competidores que hacían derroche de fortunas que le parecía iconcebible a partir de los emolumentos del regidor. Confiaba, desde su ingenuidad, que los electores advirtieran la improcedencia de respaldar a quienes no ocultaban la corrompida intención que los motivaba.
Ha sido difícil asimilar la experiencia. En las primeras horas del día de las elecciones, sopesó retirarse, al constatar el despliegue de adocenamiento que avasallaba de forma descarada sus sueños de servir más a su comunidad. Comprendió que la Sala Capitular se había alejado y que su destino continuaría atado a su Fundación.
El sufragio fue sólo un ritual. En vez de votos, con sus ojos indignados veía fajos surgir de las urnas. Ganaron los inversionistas y él se refugió, con su frustración, en la solidaridad sin límites de su compañera. No podía evitar, sin embargo, la pena honda de ver a su gente celebrando, obnubiladas, la victoria de sus verdugos.
