Covid-19 y ciudadanía
POR: Rafael Ciprián
rafaelciprian@hotmail.com
La pandemia que ha desatado el patógeno, tipo coronavirus, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) denominó COVID-19, y que se identificó en el 2019, en Wahan, capital de Hubei, región central de China, no solo tiene en vilo al mundo, con lo que se incluyen a las potencias más poderosas, sino que ha tenido la osadía de exhibir las carencias de los sistemas sanitarios y de la ciudadanía de nuestros países.
Ciertamente, ese microscópico y silente enemigo de la humanidad avanza a pasos agigantados, con la amenaza de destruir hasta la forma de socialización que tenemos.
Y no hay a la vista ninguna vacuna o medicina segura que garantice la detención del COVID-19. Los tratamientos médicos que se aplican y las medidas de prevención que se han tomado, tales como las de higiene, no aglomeraciones de personas y hasta el toque de queda, solamente persiguen el aislamiento del virus, no su rápida y eficaz aniquilamiento, como debe ser.
Pero lo que es más socialmente sintomático son las quejas reiteradas de las autoridades sobre el comportamiento de amplios sectores de la ciudadanía. No se someten a disciplina. Eso sí que es grave.
Lamentablemente, no puede ser de otra manera. Resulta poco ético exigir que los sectores populares, que es donde se manifiesta el desorden, actúen ahora con la concienciay la disciplina con que no fueron educados. Nadie puede dar lo que no tiene.
Nuestro sistema educativo es muy deficiente, a pesar de la asignación del 4% del Producto Interno Bruto (PIB). Y los demás medios de formación de la ciudadanía se dedican a embrutecer y a alienar, induciendo al irracional consumismo, a la banalización y a la sociedad del espectáculo.
Aquí no se educa a la población y, en el mejor de los casos, la instruyen. Pero castrándola de toda capacidad crítica, para mantenerla en postración permanente.
De esa manera los sectores dominantes garantizan que no tendrán sorpresas, y profundizan sus métodos demagógicos, clientelistas y patrimonialistas de control social.
Por tanto, en nuestro país no tenemos todavía una ciudadanía, propiamente dicha. Contamos más bien con una inmensa mayoría de ciudadanos formales, debido a que el sistema jurídico-político los reconoce como tales, y una minoría de individuos que se han erigido en ciudadanos reales. Los primeros ni tienen formación ni poseen los tipos de conciencia necesarios ni actúan como ciudadanos.
Los segundos están conscientes del rol que les corresponde jugar en la sociedad, son activos y ejercen el criterio, pero los mantienen marginados y cercados, porque son un mal ejemplo en el estatus quo reinante.

