La promulgación de la nueva Carta Magna, a partir del 26 de enero de 2010, ha generado en nuestro país una revolución del pensamiento político y jurídico. La acción ciudadana se está convirtiendo en una realidad. Estamos dando el salto cualitativo que nos transformará de ciudadanos formales a ciudadanos reales.
Se puede asegurar, por una parte, y sin ánimo de exagerar, que los dominicanos están asumiendo la conciencia de sus derechos fundamentales y, por la otra, que la sociedad despertó de un largo letargo constitucional. Con traumas, pero avanzamos.
Esa transformación en el pensar, sentir y actuar de los hijos de esta tierra de Duarte, Luperon y Caamaño justifica las luchas y desvelos que fueron necesarios para superar la vieja Constitución del 1966. Ella pretendió eternizarse con el camuflaje de las revisiones insustanciales, en términos de derechos y de cambios institucionales, de 1994 y 2002. El Pacto Fundamental actual niega radicalmente la cultura política y jurídica acumulada. Urge que se tome conciencia de esa verdad. No la malogremos.
Si la enorme vocación de trascendencia que tiene la Ley Sustantiva no es asesinada por los que siempre se oponen a los avances democráticos, podremos avanzar a pasos agigantados en la construcción del verdadero Estado Social y Democrático de Derecho. Los que prefieren vivir en un régimen de privilegios irritantes y de violaciones de derechos ciudadanos están actuando solapadamente para frustrar esa posibilidad. Tienen poder y saben usarlo en provecho de sus mezquinas ambiciones.
Todos sabemos que las grandes mayorías nacionales, a pesar del estado de alienación en que la mantienen, anhelan que las instituciones funcionen con respeto al orden constitucional. Y los sectores productivos, conscientes y progresistas están en la obligación histórica de apoyar esas aspiraciones del pueblo. No deben seguir auto engañándose con pretensiones de producir cambios sociales, políticos y jurídicos más profundos que los permitidos por la coyuntura actual. Es insensato oponerse a los posibles y pequeños avances bajo la justificación de que se aspira a grandes cambios, si estos son irrealizables. Sobre todo cuando está claro que las condiciones objetivas y subjetivas no están dadas. Y tampoco existen las posibilidades de crearlas en breve término. Sin conformismo retrógrado y con plena visión de futuro debemos recordar que es mejor un poco en la mañana que nada todo el día.
La prueba fehaciente del despertar ciudadano está a la vista. Las organizaciones más representativas de la sociedad se están movilizando constantemente para reclamar derechos y para que se respete la Constitución. Protestan y recurren a los mecanismos institucionales para hacer valer sus reclamos. Los actos de los poderes son atacados con los recurso de inconstitucionalidad y de amparo. Eso es bueno. Habla muy bien de la Revolución Constitucional que vivimos. ¡Que despierte la ciudadanía!.

