Por Rafael Ciprián
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Ahora bien, en la actualidad, existen amplios sectores de la sociedad que están resueltos a luchar contra la corrupción. Lo probaron con las manifestaciones multitudinarias de la llamada Marcha Verde y la Plaza Alzada. Aglutinó la aspiración mayoritaria de que el sistema de consecuencias sea aplicado contra los corruptos.
Las fuerzas vivas de la nación ejercitaron sus músculos, y alzaron sus puñitos rosados, como dice Andrés L. Mateo, para gritar basta ya de corrupción. Es muestra de la madurez social. Eso es bueno.
Se indignaron frente a funcionario y dirigentes políticos que a expensas del Estado, y en lo que canta un gallo, acumularon fortunas inmensas. Les permiten competir con los empresarios tradicionales del país, que tienen generaciones y generaciones produciendo riquezas.
Además, esas fuerzas vivas de la nación se cansaron de sufrir y ver cómo los dirigentes de los partidos políticos narigonean la justicia.
Ponen y quitan jueces a su antojo, para que les sirvan como amanuenses. Dicen que desean una justicia independiente, pero independiente para los otros y dependiente para ellos. Hasta han usado el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) para burlarse de profesionales decentes, meritorios y capaces. Los llevan a someterse a concursos y evaluaciones en que no guardan ni siquiera las formas. Poco les importa aparentar que respetan las reglas de juego.
Sacan sus favoritos de las instancias superiores de sus partidos en las altas cortes, para que les garanticen la impunidad. Y desprecian a los profesionales que ilusamente desean aportar al desarrollo del Estado Social y Democrático de Derecho, a la fortaleza de la institucionalidad, a una justicia para todos y a la solidez de la cohesión social. Eso no les importa para nada.
Aquellos polvos son los que vienen creando este lodo que forma el pantano social en que nos movemos. Algunos se ufanan de pasar por ese pantano sin ensuciarse. No son Carlos Cuauhtémoc Sánchez, pero vuelan sobre el pantano.
Y en ese lamentable panorama histórico y social, económico y político, jurídico e institucional es que don Luis Abinader llega a ser presidente de la República. Tiene una alforja preñada de esperanzas. Ya dio muestras de que es decente y está dispuesto a cumplir sus promesas de campaña.
Propuso que implementaría un Ministerio Público independiente y dio los primeros pasos, con la designación de los magistrados Miriam Germán Brito, Yeni Berenice Reynoso, Wilson Camacho, Rafael Suárez, entre otros, presididos por la primera, en la Procuraduría General de la República. Los frutos del trabajo de ese equipo comienzan a verse en los procesos y medidas de coerción abiertos a los apresados en la llamada Operación Antipulpo.

