Por Rafael Ciprián
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La producción de las diversas variantes de la vacuna contra la COVID-19 ha representado para la humanidad un respiro tan necesario como urgente. Sin esas inoculaciones la salud y la vida de la población mundial pendía, menos que de un hilo, de un microscópico virus que amenazaba con matarnos a todos.
Resulta evidente que sin los efectos protectores del protocolo de salud y de las vacunas, la pandemia terminaría liquidando a una gran parte de los pueblos del mundo. La otra parte sufriría como consecuencia de la caída de la economía.
Los que no perecían por la enfermedad de la COVID-19, serían víctimas de los efectos del colapso de los sectores productivos. Sabemos que la crisis económica que se desataría, con la hambruna global, generaría consecuencias impredecibles.
Además, están los efectos dialécticos de toda crisis económica, que se transforma en crisis social, y esta en crisis política, para luego representar un verdadero problema de gobernabilidad en los países que la sufren.
Por fortuna, la República Popular de China se ha solidarizado con la República Dominicana. Y a la nación del timonel Mao Zedong, hoy con Xi Jinping a la cabeza, no le importó que nosotros le quedáramos en la otra parte del mundo, que con razón el profesor Juan Bosch llamó las antípodas.
Hay que reconocer que los chinos nos extendieron la mano generosa en estas circunstancias de extremo peligro para la salud y la existencia de la población dominicana. Sin esa asistencia, nosotros estuviéramos en condiciones no deseada por ningún pueblo del mundo.
Las personas, en lo individual, y los pueblos, en lo social, deben ser agradecidos. Es de seres bien nacidos y bien educados sentir gratitud hacia aquellos que son capaces de ayudarlos cuando los necesitan. La ingratitud es de seres depravados, degenerados.
También debemos comparar la generosidad de Xi Jinping, que autorizó el envío de millones de vacunas para nuestro pueblo, con el individualismo patológico del ex presidente norteamericano Donald Trump, que ni una vacuna nos proporcionó. ¡Cuánta diferencia, y del cielo a la Tierra, en humanidad, fraternidad y sentido de la historia, entre esos dos hombres!
Y qué lecciones más grandes nos dan Estados Unidos de América, que correctamente debería llamarse de Norteamérica, y el Estado y el pueblo de China, en relaciones internacionales y en vínculos económicos y políticos entre los pueblos.
Sabemos que el primer deber de todo jefe de Estado es proteger a sus gobernados, pero eso no justifica ser insensible ante los vecinos que necesitan ayuda, y más cuando estos son tan controlados y exprimidos por aquel.
Además, nadie se salva solo, menos ante una catástrofe mundial como la pandemia de la COVID-19.

