Monseñor Tomás Abreu Herrera, obispo emérito de la diócesis Valverde-Montecristi, y el empresario Anthony P. Haché son dos grandes figuras cuya partida la sociedad lamenta. Sus grandes aportes al desarrollo espiritual y económico son su más valioso legado. Monseñor Abreu, quien murió a los 82 años a causa de un cáncer de pulmón, fue un defensor de los más necesitados y de la justicia social y divina. Siempre estuvo al lado de las mejores causas, sin reparar en colores ni sectas. Era un religioso de profundas convicciones humanas, que no vaciló en enfrentar el poder cuando las circunstancias lo ameritaron. El señor Antonio P. Haché, quien a la hora de su muerte tenía 85 años, fue un empresario emprendedor, que se convirtió en un símbolo con la fundación de la Casa Haché. Era, a su vez, una persona muy sencilla, pero trabajador infatigable y con mucha visión para la inversión. Además de la Casa Haché, fue accionista fundador y primer vicepresidente del banco BHD y presidente del grupo financiero. Su deceso no sólo afecta a su viuda Clara Polanco, a sus hijos, nietos y demás familiares, sino a toda la sociedad. Tanto su partida como la de monseñor Abreu dejan un gran vacío en el alma de la nación. Paz a sus restos.
Crimen diabólico
República Dominicana es sacudida por una ola sangrienta que provoca escalofrío. No se trata ya de los asesinatos a palos y puñaladas de ancianos y personas indefensas para despojarlas de dos o tres miles de pesos o alguna baratija. Se trata de casos tan macabros como la muerte de un joven en Bonao, a quien decapitaron y la cabeza fue lanzada en una letrina. Y todo para despojarlo de 20 mil pesos en efectivo y una Passola. El siniestro crimen de Albert de Jesús Acosta Matos, de 23 años de edad, ocurrió en la comunidad de La Cueva. Los presuntos homicidas son jóvenes de 21 años de edad. Crímenes tan horrendos se cometen con la mayor naturalidad. La Policía debe profundizar las investigaciones para saber a qué se dedican los alegados homicidas, su nivel de escolaridad y las actividades de los padres. El suceso debe llamar la atención no sólo por conmovedor, sino como expresión de la inseguridad que campea en cada palmo del territorio. Sin que nadie se engañe.

