La pobreza, el atraso, el subdesarrollo de nuestro país, han sido una apología de la ironía. Han danzado, pero muy de lejos, al compás de la misma música que ha amenizado la más ostentosa fiesta de la opulencia. Parecen mundos opuestos, pero eso solo es apariencia.
En realidad, son almas gemelas de una misma tragedia. La que sintetiza la manifestación de la agonía de la derrota social junto al éxtasis de la victoria conquistada a su costa.
Ninguno de nuestros lastimosos resultados han sido casuales. Ni la precariedad extrema de los muchos de abajo ni la abundancia obscena de los pocos de arriba.
Las razones que explican una y otra circunstancia están ahí, a la vista de quien tenga ojos para ver y sensibilidad para sentir, siempre que lo haga desprovisto de la contaminación subjetiva que intenta esconder la verdad de las cosas por pura conveniencia o forzada ignorancia.
Claro que existen ejemplos en uno y otro sentido que se alejan de estas condicionantes inexorables. Sujetos enclavados en la miseria por desechar de forma irresponsable los escasos chances que el azar les proporciona.
Personajes exitosos a fuerza de una irrenunciable vocación de trabajo e intransigente constancia. Ambos, sin embargo, no son más que las excepciones necesarias para confirmar las reglas.
Conmueve imaginar qué habría sido de esta nación sin esas distorsiones históricas que han impedido que su destino transitara por otros senderos. Que no hubiese ocurrido el triste espectáculo de la coexistencia de tan disímiles escenarios que parecen operar para teatros antagónicos. Cuán distintos fuéramos si el rasero de la nombradía no fuera la cuantía patrimonial. Si lejos de llamar señores a inescrupulosos usufructuarios del erario, fueran objeto de una contundente repulsa colectiva.
Algún día en este país tendrá que invertirse el orden de los señalamientos públicos. En ese momento, el trabajo y la dignidad serán paradigmas y el latrocinio estigma. Por algo habrá que empezar y a un detalle tendremos que asirnos como señal de esperanza e ilusión.
Quizás ese pedacito de sueño ha empezado a forjarse.
Las acciones penales en curso y las perspectivas de otras, podrían ser ese rayo de luz que penetre la noche oscura de un pasado tenebroso. Para entusiasmarnos, se anuncia la disposición de perseguir la recuperación del fabuloso patrimonio esquilmado a unas arcas siempre colocadas al servicio de malos hijos de esta patria, es decir, impedidas de servir al noble propósito de engrandecerla.
Por: Pedro P. Yermenos Forastieri
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