La experiencia ha sido traumática, pero ha servido para revisar un modelo obsoleto, que puso en entredicho las leyes del mercado y el prestigio de Estados Unidos con la crisis financiera que aún sufren las grandes potencias. Si bien lo peor parece haber sido superado tampoco es como celebrar, sino para prevenir, con reformas como las anunciadas por el presidente Barack Obama, que el devastador fenómeno se repita.
Por la ausencia de regulaciones eficaces, como las que ahora se plantea Obama, Estados Unidos ha pagado un precio moral y económico muy elevado con la caída de símbolos tan relumbrantes como Lehman Brothers y la General Motors. Sólo su gran fortaleza evitó que la nación se hundiera arrastrada por el peso de una crisis comparada con la Gran Depresión de 1930.
El impacto causado por el desplome de los mercados ha servido de alerta a Obama para revisar el modelo a través del cual Estados Unidos ha ejercido su hegemonía. En tal sentido el mandatario se ha propuesto reforzar el poder de supervisión de la Reserva Federal y crear una agencia para proteger a los consumidores.
Salvo la agencia, el modelo es muy parecido al que se creó en República Dominicana a raíz de la crisis bancaria de 2003.
La reforma es más que necesaria, pues se demostró que los controles estaban a la zaga de las innovaciones y las maniobras de un sistema que, antes que modificar, Obama busca fortalecer. El gobernante lo dejó bien claro al señalar que el libre mercado ha sido y seguirá siendo el motor del progreso, puesto que a la hora de crear empleos el sector empresarial es más eficaz que el Gobierno.
Obama está consciente de que se debe cambiar un modelo caduco, lo que en modo alguno implica atentar contra la filosofía en que se ha sustentado el régimen. Su reforma, fundamental para restaurar y blindar los valores del sistema, persigue crear un marco legal para lidiar con abusos y excesos como los que desencadenaron la devastadora crisis financiera. Quizás no sea tan radical pero vale la pena.

