Discurrían las horas más tempranas del 16 de junio de 1963. Me quedé en la cama, pues no teníamos clases. Dormitaba tal vez, pues me sobresalté al sentir al grupo cantar en la habitación el Himno Nacional Dominicano.
Ante mí, justo frente a mi vista, pues dormía en el segundo piso de una cama dúplex, leía el título de “El Nacional”, de Caracas, Venezuela.
“El dominicano Juan Marichal lanza no hitter”. Las ocho columnas de la primera página de la primera sección del diario, se destinaban a nuestro lanzador.
Este diario, tradicional se imprimía en el llamado tamaño estándar de la época. Y era uno de los diarios de mayor circulación del Sur del continente.
Creo haberme ruborizado, pues el dominicanismo, quizá nunca sentido en otras ocasiones, brotó no solamente del pensamiento, sino por los poros.
Acompañé en las notas finales al improvisado coro dirigido por Leonardo Cáceres, chileno. Otros integrantes eran Francisco de Paula Jaramillo, de Colombia; José Napoleón Duarte, poco después Presidente de la hermana república de El Salvador y Rafael Flores, director de Prensa del Comité del Distrito Federal de Caracas, del partido Copey, aliado, en ese quinquenio, del Presidente Don Rómulo Betancourt.
Arranqué de las manos de Leonardo esa sección del diario, para leer y releer el título. Entonces Jaramillo me pasó la sección deportiva, en donde se completaba la noticia tan entusiásticamente presentada por el gran periódico de la familia Otero Silva.
Yo asistía en aquellos meses de junio y julio, a un curso dictado en el “Instituto de Formación Demócrata Cristiano”, Ifedec, en Los Chorros, al Este de Caracas, rumbo a Petare.
Habitualmente, en dos domingos anteriores, me levanté temprano para irme a misa a la Parroquia de Santa Teresa, en el sector de San Bernardino, hacia el Oeste de la ciudad.
Pero ese domingo no permitirían la salida de ninguno de los internos.
En esa semana, en un atentado terrorista de las izquierdas venezolanas, fueron quemadas las instalaciones de la planta fabril de la Volkswagen y una cercana sucursal de la cadena de tiendas estadounidenses Woolworth, sita esta última en la avenida Francisco de Miranda, con la avenida de Los Chorros, en que nos hallábamos.
Por eso me había quedado en la cama.
Ahora devoraba la página de la sección de deportes en la cual, con igual titulación a ocho columnas, se ofrecían los detalles del juego contra Houston.
Más tarde, el improvisado coro y otros muchachos internos en el Ifedec, me hicieron preguntas sobre los juegos de pelota y en particular, sobre Marichal.
Deseaban saber, además, el significado de un juego sin bateo y yo, que nunca, ni por esa época ni ahora he conocido a fondo la pelota, al menos pude explicar este asunto del dominio de un lanzador al impedir a los bateadores contrarios, pegarle de hits y, eventualmente, anotar carreras.
Esos jóvenes provenían de países del continente, en donde el juego predilecto es el balompié o fútbol.
Destaqué además, la sangre fría y la paciencia de un Marichal con este dominio sobre los bateadores contrarios, y que contempla a sus colegas de equipo volverse incapaces ante los lanzamientos de su competidor en la lomita por Houston, Dick Drott, quien mantenía maniatados grandes peloteros como Willie Mays y Orlando Cepeda.

