Por el descrédito generalizado de su gremio, su candidatura era un hálito de esperanza. Pese a que la corriente gremial de su partido sustentaba su postulación, la misma había concitado un masivo respaldo en gran cantidad de abogados que no se interesaban en participar en las actividades de su colegio, por considerarlo un coto cerrado sometido a directrices políticas.
El entusiasmo era creciente. Su perfil generaba la ilusión de que, al fin, los profesionales de la toga y el birrete tendrían representación digna, capaz de enrumbar su colectivo por los senderos que tantos anhelaban, distantes de la mediocridad y el populismo, tan ajenos a la academia y a las reivindicaciones más sentidas de sus afiliados.
La noche de su proclamación fue histórica. Pese a un diluvio que caía sobre la capital de la república, el salón más grande del hotel donde se celebraba estaba abarrotado. La cantidad no era lo más trascendente, sino la calidad de los profesionales allí congregados.
Impensable hasta ese momento que ciertos togados se incorporaran a la difícil tarea de rescatar un espacio que parecía irremisiblemente perdido.
La dignidad ante todo es lo que vale
Por esas buenas expectativas, le resultaban incomprensibles las cosas que le decían los dirigentes de los asuntos profesionales de su partido. Ellos no confiaban en su victoria y le aseguraban que había que hacer otras cosas para ganar. ¿A cuales cosas se estarán refiriendo?, se preguntaba constantemente.
Empezó a saberlo aquella tarde en que lo convocaron a una reunión promovida como decisiva para sus aspiraciones. Fue en un exclusivo centro comercial y, al llegar, su sorpresa no pudo ser mayor. Allí estaba un nefasto dirigente gremial que era la antítesis de lo que él representaba y la persona a quien sustituiría de ganar las elecciones.
-Te convocamos para que conozcas el pacto al que hemos llegado-, le dijo el presidente de los abogados de su partido. -¿Pacto?- dijo él, estremecido, sin comprender cómo podía hacerse algo de su incumbencia sin su consentimiento. -Sí, hemos acordado pagarle al doctor un millón de pesos, él se compromete a conseguir 5,000 votos falsos y usted le garantiza impunidad por lo que pueda encontrar de su gestión.
Al otro día, redactó la carta de renuncia a su candidatura. Eso le costó un juicio disciplinario en su organización por desacato a la línea partidaria. Tiempo después, asqueado de tantas inconductas, su dimisión se extendió al partido en el que le resultaba imposible continuar.
Por. Pedro Pablo Yermenos
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