Opinión

Salomé y Camila

Salomé y Camila

Creo que la biografía de Salomé Ureña debe ser material obligatorio de lectura de todos los Programas de Estudio  del Caribe de las universidades norteamericanas, porque tiende el puente necesario entre los y las jóvenes de nuestras islas  que viven en Norteamérica y su tierra natal:  “El Caribe”.  También, porque tiende un puente entre nuestros jóvenes y nuestras grandes figuras femeninas;  piedras fundacionales de esa gran nación que se construye haciendo por debajo y encima de la mar lo que  Eugenio María de Hostos, José Martí y Máximo Gómez comenzaron a conformar como la Gran Patria de las Antillas Mayores.

“La historia de mi vida comienza con la historia de mi país”.  Con esta frase comienza Salomé  su retorno a la fuente, esa fuente que para las dominicanas son ella y su hija Camila. “Nosotros, los niños, no  teníamos  la  menor  idea de por qué se peleaban los adultos”, nos dice. “Durante 1878, tuvimos ocho gobiernos y el mismo numero de batallas”…

Admirable como a través de la biografía de Salomé y Camila se rescata la ley de la dialéctica en el estudio  de la Historia.  Herramienta fundamental para entender el desenvolvimiento de nuestra nación dentro de un marco mayor, el del devenir de   Estados Unidos y el resto del mundo. 

Así, describe, por ejemplo,  Salomé a su padre “exclamando casi sin aliento ¡Han matado a Lincoln!” Y narra el estupor de su familia frente al magnicidio de “el barbudo presidente de nuestro vecino del norte  que había luchado por la liberación de la gente de nuestro color”, demostrando  improbable conciencia epocal sobre el racismo.

Es la República Dominicana de 1880-86, cuando Salomé retrata a  Eugenio María de Hostos como un hombre “con hermosa cabeza y sonrisa triste”, que con sus ideas (y cito) “había sido corrido de Puerto rico, Perú, Europa y  Venezuela”; un hombre de quien ella “se había enamorado moralmente” y que a menudo sentía un deplorable vacío porque (y cito) “estamos forjando al nuevo hombre, pero no a la nueva mujer”.   “De hecho, sin el uno no podemos realizar el otro”.

Y es el país donde otro hombre, también de hermosa cabeza y triste sonrisa, el  esposo de Salomé, Francisco Henríquez y Carvajal, reclama sus derechos a la Presidencia durante la primera ocupación norteamericana, “aún cuando todo su gabinete se había desbandado”.

Triste saga de los patriotas de Las Antillas,  descrita por Salomé en una  carta a Pancho, cuando hace referencia a la Edad de Oro que publica Martí en Nueva York; a Betances en Brooklyn y Hostos en Chile.  Penson camino al  exilio y exclama:  “!Todo nuestro Caribe vive en otros lugares”!

Reflexión sobre nuestro acontecer  histórico que  tiene vigencia, y que comienza con la tristeza y nostalgia de los poemas patrióticos de Salomé sobre el único país posible: el de la memoria.

El Nacional

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