El Nacional
SANTIAGO: El impulso de la multitud en un instante de frenesí como el que precede a una noche de horrores es proporcional al temblor del poder.
Esa experiencia única de crucial desahogo la vivieron los dominicanos justo después de conocer de la desaparición del tirano Trujillo el 31 de mayo de 1961.
El desfogue se tornó avalancha, la libertad en riada callejera, la persecución del caliesaje en jornada colectiva y el movimiento de la gente, tan espontáneo como rabioso, y por fin libre, en alegre o rabiosa incertidumbre nacional.
En medio de esas horas críticas alguien tuvo la idea, nacida del vientre de la ira, de convertir en pura arena el posterior Monumento a los Héroes de la Restauración.
Muchos reclaman en privado haberlo salvado, pocos en realidad, lo intentaron.
No se sabe a ciencia cierta si el contener la demolición fue espontáneo o funcionó eficazmente la gestión secreta.
Lo cierto es que la empresa de salvamento no era cómoda ni libre de riesgos, en caso de que alguien en realidad la hubiera emprendido y cuyas dudas deben sostenerse, hasta prueba en contrario, como razonables.
La incertidumbre surge del hecho de que no hay testimonio escrito o grabado y ni siquiera oral en la población sobreviviente de ninguna de las que se invocan como tales sin menoscabo de las posibles diligencias conservacionistas hechas al efecto y al calor de la candela regada por el caos postrujillista entonces naciente.
Es posible que la gente del pueblo que fue a derribar esa mole de pronto entrara en juicio ante su imponencia y se diera cuenta de lo innecesario que resultaba, como también difícil, de concluir felizmente el despojo de Santiago de su mal sino y de su peor inspiración.
Se trata de una obra sólida, levantada en concreto armado y rematada en una fachada de mármol blanco.
El esqueleto es de metálico grueso, un acero reforzado que no cede fácilmente.
Le hubieran hecho suficiente daño para desfigurarla pero lo más probable era que el derribo conllevara una buena carga de dinamita, o en su defecto, unos cuantos bazucazos certeros.
Hay, a distancia de los hechos, una necesidad de comprensión del momento en que gente del pueblo que estuvo paralizada pero con ira, ante los desmanes del Servicio de Inteligencia Militar, se lanzó furiosamente al destrozo de los símbolos tiránicos y que no se sentían con deseos de hacer excepciones ni concesiones ni siquiera con el futuro monumento restaurador.
Finalmente y ante las presuntas intervenciones oportunas, sólo derribaron el busto del tirano cruel.
No había dinamita en manos de la gente furiosa, no había bazucas ni nada que permitiera una demolición mínimamente decente.
Se habló, bajo reservas, con personas que dijeron haberse interpuesto ante las multitudes con la premura que imponía el momento, para que se evitara el bochorno de la caída del símbolo trujillista que ya era un patrimonio del pueblo, no la imagen cierta de su monumentalidad fálica.
Testimoniaron algunos en su momento, sin las pruebas de rigor que resultan necesarias, que hubo llamadas al palacio nacional, diligencias apresuradas en pos de esa reliquia entonces odiada pero absolutamente inocente de lo que representaba.
Gobernaba, entre la inseguridad pública, las dudas, la calle alborotada y el destino del país en medio de la hoguera, el Consejo de Estado, surgido del vacío de poder que dejó el régimen ya extinguido.
Se respetó finalmente la estructura neoclásica sin imponer condiciones, se retiró la gente con sus piedras, mandarrias y palos.
Como también se retiraron y calmaron las dudas, razonables, de poder acometer una tarea que le hubiera llevado un tiempo precioso.
Tiempo que debían dedicar al ajuste de cuentas con chivatos, agentes secretos, policías represivos, colaboradores incondicionales y gente envilecida por los designios terribles del poder.
Tras los desahogos sobrevino la calma, se elaboró una ley cambiándole el nombre, el Monumento pudo seguir erguido, indiferente a esa suerte que acaso pendía de un hilo.
Tras el trabajo de salvamento han surgido nuevos salvadores y ahora no hay una seguridad definitiva sobre esos esfuerzos de heroísmo que despiertan dudas en razón de que no dejaron huellas ni nadie, posiblemente por una modestia y una discreción hija de aquellos días penumbrosos, ha podido mostrarse único en tan difícil tarea.
Bregar con gente alzada en un espíritu de retaliación y convertida en un torbellino multiplicado por la ausencia de miedo que había paralizado al universo dominicano en torno a una figura altamente personalista y de una egolatría ilimitada, es tan delicado como frágil en sus resultados inmediatos.
El riesgo es que si te muestras condescendiente cuando lo que quiere la gente es una buena dosis de violencia, te pueden llover acusaciones de colaboración o de complicidad, que no es menos peligrosa, y finalmente de cobardía, que no carece de sus aristas riesgosas.
Pero siempre habrá quien se lance a lo hondo aunque no esté segura de salir viva.
En los casos extremos, el valor personal y el objetivo claro, como también el no despertar ni excitar la furia ajena mediante la creencia de que eres uno de los del pasado, cuentan de manera significativa.
Ahí se la jugó un puñado de gente que no sin un esfuerzo extraordinario, logró finalmente lo que parecía utópico.
Y lo era. Pero las utopías no son más que revelaciones del sueño, realidades que vuelan más allá del horizonte previsible.
Hoy la gente goza de su Monumento, las familias lo visitan, es un área de paseo indispensable, fresca cuando hay fresco, un mirador de grandes ligas que recorren las golondrinas que sí hacen verano.
Como también las garzas esperadas a gritos de arpías por esas cuyayas recelosas que las hacen caer en pánico y las obligan a buscar refugio, los niños que juegan a correr, las comparsas que se reúnen los domingos, los turistas que contemplan la ciudad sin saber de infiernos ruidosos en sus calles y otras ignominias relacionas con el tránsito urbano.
No recuerdan apenas esos episodios que parecían preparar el horror de la caída democrática posterior al ejemplo que dieron los dominicanos en un certamen electoral del que, pese a todo lo que conllevara en sufrimiento y penalidades, no los vio arrepentirse ni abjurar del experimento.

