Otra vez estamos aterrizando en otro fin de período, con muchas metas inconclusas, unas cuantas decepciones, heridas, crisis y hasta con una visión borrosa de lo que vendrá.
Pero, en algún recóndito lugar de nuestro corazón, esto que se ve difuso lo podemos ver con el alma y sentirlo como un rayito de esperanza muy dentro de nosotros, a veces es muy escaso, otras casi imperceptible, pero esta minúscula partícula te apunta a que puedes reiniciar; puedes volver a trazar en páginas que están en blanco y redibujar el plano de tu vida, tienes 365 hojas vacías ¿Que escribirás en ellas?
Es tiempo de construir cosas nuevas y de reconstruir lo que estaba dañado, tú puedes cambiar tu historia y para animarte quiero compartir contigo la siguiente experiencia.
En una ocasión leí acerca de un hombre muy interesante, lo considere así, no porque tuviera un atractivo físico especial, sino más bien porque cargaba con el galardón de una gran obra realizada y yo me preguntaba una y otra vez ¿cómo el lo había logrado?, y esto me hizo querer saber más acerca de sus crónicas.
El tenía una gran influencia política, era sumamente sabio, confiable, humilde, con mucho coraje y valentía. Trabajaba directamente con el gobernador de Egipto de esa época.
Este oficio tenía muchas particularidades pero en esencia implicaba que tenía que estar siempre feliz ya que era prohibido por ley mostrar cara de tristeza, angustia o aburrimiento, delante del primer mandatario.
Creo que el gobernador sufría de la presión digo yo, porque el punto es que él nunca podía preocuparse. Pero el gran problema surge cuando nuestro protagonista siente una inquietud dentro de el, y era aquella partícula minúscula que le recordaba su propósito en la tierra, era como si ya había llegado el tiempo de su misión, y se repetía una y otra vez en su interior que tal vez el podía cambiar la historia de su ciudad de origen, la antigua Jerusalén; en ese entonces aquel gran pueblo yacía en ruinas, estaba desbaratado, fue atacado por países extranjeros quienes quemaron y saquearon todo, en general aquello era devastador.
Los nativos de ese núcleo urbano no se les ocurría siquiera, la idea de empezar a reconstruir nada, eran cautivos de su propia desgracia y no podían ver más allá, su mente se los impedía, habían reducido toda capacidad de esperanza a los escombros esparcidos por todas partes.
Sin embargo el héroe de nuestra historia estaba inquieto, nervioso y con unas ansias interiores muy fuertes de reconstruir aquella ciudad que le había visto nacer.
Dicen algunos que aquel deseo inminente de reparar provenía del Dios al que este hombre adoraba y seguía, quien es el creador de todas las cosas.
Un día habitual de trabajo dentro de la casa de gobierno de Egipto, este hombre cuyo nombre era Nehemías, fue descubierto por el gobernador con cara muy preocupada y ansiosa y es que a medida que pasaban los días, era más difícil sus emociones internas,
– Nehemías: ¿que te pasa? preguntó el mandatario.
Nehemías le contestó muy asustado, pero con mucha valentía, y le dijo: Estoy muy triste porque mi ciudad donde nací, está destruida y nadie se preocupa por restaurarla, quisiera que usted me diera el permiso para yo comenzar a rehacer mi pedacito de tierra, si cuento con su ayuda todo me será más fácil.
El gobernador sin pensarlo dos veces le dijo a Nehemías que por su valentía al confesar la verdad delante de él, y por su fidelidad en el trabajo que realizaba, le otorgaba el permiso. Y fue así como Nehemías inicio la gran reconstrucción de aquella ciudad de Jerusalén, donde ya no había identidad a causa de la maldad de sus adversarios.
Claro que llegaron los opositores, muchísimos chismosos y envidiosos, que le decían cosas como: ¡No vas a poder!, !Con cualquier cosa se derrumba esta construcción, que haces! ¡Esto no va a durar mucho! ¡ No va a funcionar!

