Philip Lesly (1918-1997), gurú de las relaciones públicas, maestro y estudioso de la imagen, aconsejaba a sus alumnos (aproveché sus brillantes cátedras) “desechar clientes y propuestas inviables”. El relacionista, como comunicador por excelencia, ”sólo amplifica, no puede inventarse lo inexistente”. Lo malo resulta peor cuando tratas de arreglarlo, y lo bueno se vende solo, es decir, se basta a sí mismo.
Según Lesly, es un grave error apostar a la artificialidad. Es como construir sobre el agua o en un pantano: todo se viene abajo más temprano que tarde. “El destino de la mentira, en tanto artificial, es caer”. Los expertos que se emplean en el engaño, amén de cuantiosos recursos, se engatusan ellos mismos.
Sostenía que lo ético es determinante en el éxito del profesional de la comunicación. De ahí que recomendara emprender su tarea a partir de una rigurosa auditoría de imagen. Obviar los resultados de ese estudio, es timar al cliente y al comprador de una idea, servicio o bien de consumo.
Esto es, al candidato y a los ciudadanos (electores potenciales), en el caso de un político. De manera que los asesores de Gonzalo Castillo lo están engañando de la misma manera como pretenden hacerlo en mayo 2020 con los votantes. Estafa descubierta, por tanto fracasada de antemano.
Estamos, pues, ante un fraude en cierne, de cuya contra ya está más que preparada la población, y la sabiduría popular denuncia con sorna y malicia. Para zorros, zorros y medio. La industria de las bromas no para en su intensa inventiva.
El profesor Lesly nunca habría experimentado ni tratado de armar una figura de mentira que pusiera en juego su reputación. El profesional que corra el riesgo, pierde la faja, por muy ducho que sea.

