En el breviario de legislación económica que editó nuestra firma en la década de los ochenta, figura esta cita de mi padre: Un abogado no se mide por la dimensión de su despacho ni por la cantidad de libros de su biblioteca, sino por su vocación y consagración al Derecho, por su honestidad intelectual para interpretarlo, y sobre todo, por su sentimiento de justicia para aplicarlo correctamente.
Nada más cierto. Para contribuir a solucionar los diferendos inevitables de las relaciones humanas y comerciales, no basta con mantenerse actualizado respecto de las modificaciones que sufre nuestro ordenamiento jurídico; se impone también ser íntegro a fin de deducir las consecuencias más justas de la voluntad del legislador. El que sin uno y otro elemento se aventure a prestar sus servicios como abogado o como juez, difícilmente pueda ser eficiente y justo, independientemente de lo mucho que se esmere en hacer todo cuanto esté de su parte.
A decir verdad, los sinsabores de esta profesión están íntimamente relacionados con la incapacidad. Por un lado, de quienes en ocasiones patrocinan intereses de particulares sin respaldo de la ley, y por el otro, de algunos que tienen la honrosa responsabilidad de resolver los conflictos que se someten a su consideración. Repito que para que el concurso profesional prestado lleve un sello de calidad, y más aún, para acercarse a los conceptos de equidad y justicia, es imprescindible consagrarse con devoción al Derecho, ser un cultor de las ciencias jurídicas, y cuidarse de que intereses o influencias permeen nuestra conciencia y se conviertan en excusa para interpretar acomodaticiamente las normas legales que regulan la vida en sociedad.

