Mayor General, E.N. (DEM)
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios que salva el metal, salva la escoria.
Y cifra en su profética memoria
las lunas que serán y las que
han sido.
J.L. Borges.-
Los cohetes de gozo y las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado. Tremendo final del colosal Gabo en su Otoño del Patriarca. Como lo cuenta Gabriel García Márquez en esta obra, sea como sea todos asistiremos al gran final de los finales. Atrás quedarán la vida misma, el falso y transitorio poder humano que sólo el tiempo ve consumir impertérrito, sin interés alguno, los falsos oropeles deslumbrantes, así como los viejos trajes apolillados y carcomidos por las ratas.
Esta cruda realidad es la que los perversos no tienen la capacidad de comprender. Se acostumbran a las indelicadezas y así viven y mueren, fieles al refrán de que el perro huevero, aunque le quemen el hocico, sigue en su mismo oficio. Reinciden y vuelven a reincidir como el cerdo cuyo hábitat es el lodazal y allí regresa en cuanto se ve libre. Postrados en el camino que han elegido, si alguna vez lo intentaron dejar allí regresan a plantar de revés sus huellas en cuanto se lo permiten las circunstancias.
Y no es que lo desee, pero ante los perversos es imposible ceder. Son especialistas en urdir difamaciones y acciones malévolas en contra de todo aquél que no le admite sumisamente sus caprichos nada ortodoxos; prepotentes y vergonzantes, jamás admiten una culpa. Ante todo, prefieren la sumisión, y, por tal razón, se rodean de seres carentes de carácter, personalidad y principios. Les encanta el sí señor sin reparos, confundiendo, con el tiempo, lo que es respeto, obediencia y disciplina, con una sumisión indignante.
Por esta razón, a todo ser que no se pliegue a sus feos caprichos, les sueltan los perros. Sí, esos mismos perritos falderos, aduladores y cobardes que forman parte de su Corte. Y muy bien que viene en este momento ese aforismo como ya anteriormente me he referido- de Cicerón, quien sabiamente expresó que El pescado se pudre de la cabeza a la cola. Pero este mundo es así, no de otro manera, porque de lo contrario esto sería algo sin sentido, como escribió en su momento Schopenhauer, al referir que si el mundo no fuera el hilo conductor de todas las cosas, su unión, la necesidad de presidir la producción de individuos, no sería otra cosa que una monstruosidad, escombros, muecas vacías de significado, una mera casualidad. Pero caramba, digo yo: ¿por qué crear esa interminable red de individuos con tantas bajezas y tan repletos de una maldad increíble, mediocre y perversa?.
Y hablando como los locos de Cicerón, y yendo de un tema a otro, en vista de que tantos han preguntado, y como un paréntesis en este divagar sabatino, sobre el nombre del empresario al cual hice referencia el sábado pasado, en mi artículo La Dignidad no se negocia, esa persona es don Pepín Corripio. Al que le guste, amén, y al que no, pues amén también, pero tendría que convenir conmigo en que cuanto escribo y digo es la pura verdad, al menos, lo que considero ético, moral y pura verdad, aunque a muchos esto les provoque picazón. Como quiera, amén.
Volviendo al tema, hoy no quiero escribir, no por falta de argumentos -que sobran-, sino por lo envenenado que está el ambiente. Me cuesta respirar este aire fétido y ruin que esta sociedad irresponsable, cual si fuese un juego de balonmano trata de pasar el balón de mano en mano mientras otros, por igual irresponsables tratan de manchar honras de hombres e instituciones y crear una atmósfera de intrigas y problemas donde no los hay, instituciones éstas que al través del tiempo se han ganado un merecido sitial como servidoras a las mejores causas del país, como son, por sólo poner un par de ejemplos, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas dominicanas.
Sí, me refiero a la porción de esta misma sociedad que trata de acorralarte o pegarte contra la pared. Que si uno me enrostra que no soy salmón para ir en contra de la corriente; que si otra lacra se dedica a perseguirme buscando cosas inexistentes y jugando con medias verdades; que a otros parece encantarles el sonido de mi voz, ¡hum!; que si otro trata de defender amigos y parientes ensuciando a otros; que otros me dan como autor de canciones en las cuales no he contribuido siquiera con una simple nota musical y si la he escuchado ha sido por boca de otro; en fin, quisiera en este momento parafrasear a Luis Fonsi y pedirle a Dios un toque de inspiración para decirte lo que quieres oír, pero no puedo; mientras tanto, así estoy yo.
Pero, en lo que llega el final de los finales y haya que poner ese punto, ése sólo punto indefinido o quizás sí sea bien definido, sin ostentación alguna, y quizás no tenga relación o por el contrario tenga demasiado con el momento, recuerdo el famoso cuento escrito por Christian Andorsen titulado El Patito Feo, que era distinto a sus hermanos y todos se metían con él porque lo consideraban más feo que los demás, incluyendo a su madre. Hasta que crece y descubre que no era un pato como sus hermanos, sino un precioso y majestuoso cisne ¿Se entiende?. Claro que sí. ¡Sí Señor!.-
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