Mi madre, que en paz descanse, celebraba, con mucha seriedad, que me decantara por el periodismo de entretenimiento y no el político. Con una seguridad que asustaba me decía: “Me alegro que seas periodista de espectáculo, porque en la política es casi seguro que te encontraría con problemas bien serios y hasta aparecerá quien intente romperte la boca”.
Lo decía con tal convencimiento que me veía en la obligación de repetirle que era un periodista, a secas, sin subtítulo, porque la responsabilidad en el ejercicio no tiene que ver con áreas específicas del periodismo.
Siempre ha sostenido que hay periodistas de espectáculos con más responsabilidad del ejercicio de la carrera y más comprometidos con los problemas sociales que los de cualquier otra área de la profesión.
Un día, en medio del fragor de una mañana de preparación del periódico El Nacional que saldría horas después a la calle, me llamó a su oficina su director, don Radhamés Gómez Pepín, y muy serio me invitó a sentarme en uno de los sillones ubicados frente a su escritorio para soltarme la siguiente pregunta: “¿Tú eres periodista político o de farándula?”
Le respondí con otra pregunta: “¿Don Rahdamés y por qué usted me pregunta eso?” Me respondió que lo hacía por la columna Testigo de ese día. “Eso no es espectáculo, eso es política”, me soltó.
Le dije que era una columna personal, por lo que tenía la posibilidad de tratar temas de cualquier tipo, y me consideraba con la capacidad y la responsabilidad de hacerlo.
Con mirada de sorpresa, típico en Don Radhamés cuando las respuestas le parecían correctas, me motivó a continuar escribiendo “ese tipo” de columnas.
Y así ha sido hasta el día de hoy, en el ejercicio de una de las carreras más vilipendiadas, abusadas y suplantadas. No soy periodista de espectáculos o entretenimiento. Soy periodista.
Cuando veo intentos de avasallar, difamar o intentar pisotear el ejercicio libre y democrático de un periodista pienso en los riesgos que asumimos, no importa el área.
Y me río al pensar en la cara de quienes intentan en vano acallar a la prensa, porque desconocen que sus actos alimentan aún más la obligación que tenemos de apegarnos al periodismo serio, ético y responsable.
Son muchas las veces que pienso en las palabras de Don Radhamés y en las de mi madre, miro al cielo y le digo: “Todavía no me han roto la boca”.
Por: José Antonio Aybar F.
aybarjo@gmail.com

