Semana

Su mural es en una pared de la sala

<P>Su mural es en una pared de la sala</P>

Coordinadora de Miradas
Lillian Foundeur G.
Asociación Dominicana de Periodistas con Perspectivas de Género

Entre Diogenny y Ashley se concentra el arte de mi casa. Son ellas la Ada Balcácer de la familia -esa diva que acaba de recibir el Premio Nacional de Artes Plásticas tras una vida de consagración- las que tienen el potencial de crear y deshacer lo creado, y luego volver a crear con la misma pasión y vehemencia con que lo deshicieron. En su afán inventivo no faltan corazones, ni manitos, ni vocales, ni números, ni perros, ni doña Lisa, ni su concepto de familia, ni nada que llene su universo fantástico. Diogenny acaba de cumplir cinco años y Ashley dentro de poco llegará a los tres. Llevan en sus pequeñas cabecitas todo un mundo de imaginaciones.

Su mural es en una pared de la sala, pintado, en principio, a regañadientes de Elsita (mi esposa), quien como jefa de casa se oponía a ceder las paredes a los garabatos de las niñas. Escurridizas ellas iban dejando su estampa en cada rincón de la casa, aunque luego intentaban desaparecerlo con tal de no disgustarla.

La salida, porque en algún lugar tenían que descargar sus energías -y no podía ser si no en su propio espacio-, fue cederle una amplia pared de la sala en la que pudieran plasmar visiones y deseos, garabatos y fantasías. Despojarlas de restricciones la proyectó tan felices y resueltas que no puedo olvidar las risas cómplices y los diálogos que se iban dando mientras jugaban a crear.

Manita, mira a mi Lisa-, dice Ashley a Diogenny, con una sonrisa con destellos de picardía.

-¡Que bonita!-, recibe como respuesta. Diogenny, de vocación protectora, pasa la mano tierna sobre los cabellos de su pequeña hermana, y sonríe. 

Creo que trata de motivarla porque en realidad es solo un círculo con algo que parece un rabito. Así concibe a doña Lisa, la gata de la casa. En principio me oponía a que cualquier animal viviera con nosotros. Pero un día doña Lisa llegó y asumió la casa de Diogenny y Ashley como suya, tras los vecinos desalojarla de su escondrijo y despojarla de los dos hijos que había parido y que nunca volvería a ver. Ella era la felina del edificio, todos la mirábamos desde lejos, menos las niñas, que jugaban con ella hasta el cansancio. Un día doña Lisa quiso retribuirle el afecto y subió hasta el apartamento del tercer piso y se quedó a vivir, y ahí está, como otra dueña.

He observado siempre como a los niños les limitan los espacios y sus actividades. Si hablan, molestan, y si gritan, también molestan; si corren, molestan, y si saltan, también molestan; si quieren salir de la casa, o si salen, molestan; si rayan las paredes de la casa, molestan, en fin, el universo de un niño es tan limitado. A los adultos le corresponde hacerle su espacio lo más llevadero posible. 

Recuerdo una vez que un amigo reprimía a su hijo porque jugaba sin parar. Percibí al niño perdido. Se trataba de un pequeño de alrededor de 6 ó 7 años. Le expliqué al amigo que el niño no sabe hacer otra cosa que jugar, comer, dormir… por lo que era imposible llevarlo a trabajar a una zona franca que había cerca de la casa.

Todavía sigo creyendo que no entendió mi explicación.

Diogenny y Ashley empujaban a buscar una salida. Si Elsita se resistía a que pintaran o rayaran las paredes de la casa, y si tampoco podían ni pintar ni rayar las paredes del edificio, entonces, en cuál espacio iban a explotar sus energías.

Veo positivo cederle una pared de la sala donde expresen sus visiones, deseos y ansias actuales. Su mural es en una pared de la sala, ahí está para el disfrute de nosotros y quienes nos visitan. Elsita solo pensaba en cómo se vería de sucia la pared; yo, sin embargo, pensaba en las niñas y su universo mágico reprimido.

No soy un terapeuta infantil ni mucho menos. Fui niño, eso sí. Y el taller de bicicletas de Agustín, que estaba al lado de mi casa, me sirvió de espacio para descargar mis energías, aún cuando por más de una vez me intoxiqué con gas querosén, el que Agustín utilizaba para lavar tuercas y tornillos, y cuya ingestión me la contrarrestaba con un poco de leche y nada más. Ratito después recuerdo que volvía a mis afanes, pese a la resistencia de la vieja María (mi mamá). Y si yo necesité un espacio, y lo tuve, no tengo que ser un experto para entender que ellas también necesitan el suyo.

Tengo fama de apoyador. Y no me disgusta. Trato de que las pequeñas disfruten como pequeñas, y que las restricciones solo sean para el cuidado de ellas mismas.

El mural, en definitiva, es para el disfrute de todos, porque el arte, por lo general, goza del disfrute colectivo. Y digo arte por lo irrepetible de aquellos trazos y garabatos de Diogenny y Ashley, mis nietas.

  *El autor es periodista. Ex director general de Noticias SIN y ex editor del semanario CLAVE. 

Perspectiva

Veo positivo cederle una pared de la sala donde expresen sus visiones, deseos y ansias actuales. Su mural es en una pared de la sala, ahí está para el disfrute de nosotros y quienes nos visitan”.

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