En el ejercicio del periodismo, la imparcialidad y la ética no son valores negociables, especialmente cuando se trata de evaluar y comentar las acciones de figuras públicas. Sin embargo, en la práctica, se ha vuelto común que ciertos comunicadores y comentaristas confundan el análisis objetivo de una obra o acción con la exaltación personal del funcionario que la ejecuta. Este fenómeno, que puede parecer inofensivo, erosiona la credibilidad del periodismo y compromete su misión como vigilante de los hechos.
La labor del periodista no consiste en aplaudir personalidades ni en construir mitos alrededor de quienes ostentan el poder. Por el contrario, el deber ético del profesional de la comunicación es destacar la trascendencia o impacto de los hechos, permitiendo que estos hablen por sí mismos. No se trata de negar el reconocimiento a los logros, sino de evitar que dicho reconocimiento se desvíe hacia la adulación de cualidades personales, amistades o supuestos gestos heroicos de los actores políticos.
(La «coba» es un término coloquial dominicano que se refiere a la adulación excesiva, el servilismo y la alabanza desmedida hacia figuras de poder, especialmente funcionarios públicos. Esta práctica, enraizada en nuestra cultura, se manifiesta en el periodismo a través de la exaltación de cualidades personales, la omisión de críticas o la justificación de errores, y el uso de un lenguaje adulador y poco objetivo).Captura-de-Pantalla-2025-02-23-a-las-10.11.51-p.-m-728×487.
El peligro de la adulación disfrazada de análisis El problema con el periodismo de coba es que desdibuja los límites entre la crítica objetiva y la propaganda. Cuando un comunicador resalta una obra o acción, pero inmediatamente desvía la atención hacia las virtudes personales del funcionario, el público queda desprovisto de un análisis profundo y termina atrapado en una narrativa vacía de contenido.
Esto no solo perjudica la función crítica del periodismo, sino que también fomenta una cultura de mediocridad donde las acciones públicas se juzgan más por la simpatía hacia quien las ejecuta que por su impacto real en la sociedad.
En un medio provincial que conduje, y que bien podría ser calificado como “kilométrico” por sus cinco horas diarias, tuve el privilegio de reunir en un mismo espacio a comunicadores de diversas corrientes ideológicas. Esta pluralidad, enriquecedora en esencia, nunca fue un pretexto para convertir esos espacios en una tribuna de propaganda oficialista, incluso cuando ocupaba una posición política como diputado del partido de gobierno.
Siempre dejé en claro una regla fundamental: cuando se hable de una obra o acción impulsada por mi gestión, que se analice su importancia o impacto, pero nada de alabanzas a mi persona.
Por: Rafael Méndez
rmendez@gmail.com