Como comentaba en mi primera novela, hay dos tipos de soledades: la que uno desea porque necesita estar consigo mismo y relajado, y la que uno padece por abandono, físico o moral, de otros.
En dicho tomo, decía, asimismo, que cuando logramos estar por fin solos, algo que deseamos, en ocasiones, sobre todo cuando convivimos con muchas personas, la soledad viene vestida de alegres colores. Y es que, cualquier ser humano, por mucho que ame a sus familiares y amigos, necesita tener cierto espacio personal. El poder hacer lo que a uno le apetece, sin tener que dar explicaciones ni pedir opiniones a nadie, es importante, de vez en cuando, a mi modo de ver.
Por ese motivo, una de las cosas que me encantan es ir sola al cine. Yo soy la que elige la película y el horario. Soy la que, si ésta no me gusta, puedo abandonar la sala y meterme en otra o salir a dar un paseo. También puedo decidir si quiero comprar palomitas de maíz, refrescos, golosinas, o prefiero guardar ese dinero para invertirlo en otras cosas.
Pero también me gusta quedarme, de vez en cuando, sola en casa. Ya sea escribiendo o leyendo, sin ser interrumpida, eligiendo el canal de televisión que deseo ver o realizando cualquier otra actividad que podría ser, simplemente, no hacer nada.
En contrapartida, como también explicaba en mi libro, cuando uno está solo, esperando a que alguno de sus seres queridos le llame y venga a visitarle, la cosa cambia. Si esto no se produce, la soledad se viste de negro y le envuelve a uno en su oscuro manto de tristeza. Uno se siente no querido, olvidado. Me produce pena ver a gente que se siente de ese modo pero, lamentablemente, cada vez hay más porque los valores han cambiado mucho. Pero los corazones siguen sintiendo la necesidad de que se les demuestre cariño, que, como suelo decir, le pasen la manita por el lomo, le abracen, etcétera.
El abandono moral supone estar rodeado de personas que, por su actitud, le hacen sentir a uno que está muy solo, porque no existe una auténtica comunicación, un verdadero estar. Creo que esa es la peor faceta de la soledad y que, por desgracia, es más frecuente de lo que pensamos: la soledad en compañía.
Este tipo de soledad se produce en cualquier relación aunque es muy frecuente en los matrimonios que, por el motivo que sea, no se animan a divorciarse pero sí lo hacen de una forma abstracta, por llamarla de algún modo.
Comparten el mínimo de tiempo juntos y no realizan actividades conjuntas. Muchas veces apenas se dirigen la palabra.
Cuántas veces habré visto, al igual que habrán observado ustedes, a parejas cenando en algún restaurante. No conversan sino que se limitan a pedir sus respectivos platos e ingerirlos sin casi, diría yo, degustarlos. Si no se les acerca algún amigo o conocido, es posible que no se oiga más que una voz, que suele ser la del hombre, pidiendo la comida y a continuación la cuenta. Una triste soledad acompañada.

