Aparte de haber sido un profesional de los más grandes, un artista del arte del corte, uno de los aspectos más difíciles de su oficio, Arturo era uno de mis mejores amigos, al igual que su esposa, Irene Serrano. Me conduelo con ella, sus hijos, nietos y demás familiares y amigos, me conduelo también conmigo misma pues le quería mucho.
Arturo Ruiz era un trabajador nato e incansable. Tenía el don de ser altamente positivo, aunque estuviese pasando un mal momento, como nos ocurre a todos alguna vez en la vida, en cualquier aspecto. Era un hombre muy recto pero, a la vez, muy cariñoso. Él era el organizador, el amigo con el que siempre contabas, con el que tenías interesantes conversaciones, con el que podías llorar y reír. En fin, era un verdadero amigo. No tengo palabras para expresar mi pena por su pérdida.
Es curioso que, habiendo publicado la semana pasada sobre el tema de las planificaciones y proyectos en la vida, haya ocurrido esta triste desgracia justo ahora, cuando creía que podría verle y darle un gran abrazo.
Y lo peor fue precisamente eso, mi errada planificación. Llegué a Madrid el viernes 24 de febrero pasado y no quise llamar a Irene porque pretendía darle, tanto a ella como a su esposo, como siempre le ha llamado, una sorpresa. Me presentaría en su casa, sin avisar, tal era el grado de nuestra amistad, mientras ellos creían que yo seguía en Cabarete. Como ese era mi plan, si llamaba desde aquí, no hubiese sido factible, como es lógico.
De modo que, después de citarme con algunos médicos, cuando me liberé un poco, pedí a mi nuera, Mayte, que les llamase por teléfono, el viernes, día 2 de marzo, una semana después de mi llegada. Ella me iba a hacer el favor de preguntarles si iban a salir o estarían en casa aquella tarde pues, a través de una amiga, les había enviado una carta física que les iba a entregar personalmente. Y así lo hizo.
Pero la que se llevó una dolorosa y terrible sorpresa fui yo cuando, mi nuera, acongojada, me devolvió la llamada y me informó de que Arturo había fallecido el día anterior, día primero de este mes y ya había sido inhumado. Todo estaba hecho.
No creo en las casualidades y sé que esta ha sido otra lección de la vida. Si hubiera contactado con ellos nada más llegar, como era verdaderamente mi deseo, sin esperar, sin proyectos y de modo espontáneo, habría llegado a tiempo para despedirme de él.
Me he propuesto no volver a actuar de ese modo, que me parecía tan tierno y afectuoso, y que me hacía mucha ilusión. Era como un juego de niños e imaginaba la cara de asombro, del matrimonio amigo, cuando apareciese en persona en su hogar, en el lugar de la carta que esperaban. Pero, muy lamentablemente, no ha sido así y la existencia me ha vuelto a jugar una mala pasada.
Arturo querido, sé que estás en el Cielo, junto a mi hijito, a quien querías mucho también. Echo de menos tu presencia en Madrid. Irene querida, te veré e intentaré brindarte algo de consuelo, si la vida me lo permite, en estos días. ¡Por lo menos así lo espero y deseo!

