Opinión

Vivencias cotidianas  de allí y aquí

Vivencias cotidianas  de allí y aquí

Ya he tenido la ocasión de mencionar, en esta columna, a mi perro querido, Kraken.  Hoy he sentido la necesidad de volver a hacerlo, quizás por última vez.  El pobrecito está muy malito.  ¿Diagnóstico?  Su avanzada edad con las secuelas que eso puede conllevar.

Kraken cumplió quince años en el pasado mes de enero.  Si multiplicamos esta cifra por la que corresponde a los canes obtendremos su edad real.  Es un centenario que, hasta hace poco, estuvo bien conservado aunque se volvió más refunfuñón que nunca.  El olfato nunca lo perdió y, cada vez que cocinaba algo, él se acercaba a mí para ver “si le caía alguna cosa”.

Durante toda su vida, mi perrito ha sido uno de los seres que más me ha querido.

Su amor ha sido incondicional, contrariamente al de muchas personas.  Ha llenado mi casa con su presencia, su alegría y también con su rebeldía.  Siempre tuvo mucho carácter y ha sido muy independiente.  Él siempre se conformó con una comida, un paseo y mucho amor.  Pero cuando creía que llevaba “razón” era difícil doblegarle.  Me he reído mucho observando su canina cabezonería.

Aunque pueda parecer que exagero, el que tenga animales en casa sabrá de lo que estoy hablando.

Kraken siempre ha sido una entidad importante en mi hogar, para mis hijos y para mí.  Su nombre corresponde al de un fiero y temible monstruo marino, la mascota del dios Poseidón.  Esto ha sido, en no pocas ocasiones, motivo de risotadas, teniendo en cuenta que él es un schnauzer de tamaño miniatura, de color “sal y pimienta”.

Él me ha acompañado durante mi estancia de ya casi diez meses en el país.  Sin su compañía no sé qué habría hecho cuando me he quedado a oscuras y a solas en mi casita de Juan Dolio.

Para mí es triste hablar de su idiosincrasia en tiempo pasado.  Pero es que ya el pobre la ha perdido y parece extraviado, divagando en a saber qué otro mundo.  No creo que supere esto y quería compartir mi tristeza.  Se puede llegar a querer mucho a un animalito.

Por eso no puedo entender que haya gente que les maltrate…

Pero, lo más triste de todo es que, en muchas ocasiones, me he tenido que afirmar y preguntar al mismo tiempo que “si se maltrata a las personas, ¿cómo no se va a actuar así con los animales?”

Quiero hoy rendir homenaje a mi perro y a todos los que, como él, han sido, o son, motivo de alegría en algún hogar.  Y recordar, junto a ustedes, que el amor, incluso el de los animales, es el que mueve el mundo.  Por lo menos en el sentido en el que deseamos que se mueva.

El Nacional

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