Opinión

Voces y ecos

Voces y ecos

Un hombre conduce su auto por la avenida John F. Kennedy y debe detenerse en una intersección porque así lo ordena el semáforo.  Está a quince carros de la esquina propiamente dicha y observa el movimiento de la gente, cada uno en lo suyo. Un hombre joven y fornido trota de uno a otro lado ofertando limoncillos.

Llueve. Lo que cae parece débil para aguacero y fuerte para llovizna, pero llueve. El vendedor, casi mulato y casi negro, sigue moviéndose tan diligentemente como si lo que ofrece fuese un artículo de primera necesidad para la alimentación o la salud. Unos le llaman limoncillo, otros quenepa. 

El hombre del automóvil, protegido por los cristales, mira al vendedor, que carga dos grandes racimos de la fruta y se pregunta si el otro no le teme a la lluvia como ocurre con la mayoría de los dominicanos, que  se cubren la cabeza hasta con las manos. Este hombre no se cubre con nada. Ignora la lluvia con absoluto desempacho.

El hombre del automóvil no sólo espera que el semáforo le dé paso, sino que entre tanto  le da cabida a preguntas y reflexiones sobre la utilidad de comer limoncillos o uvas de playa. Recordó su  lejana infancia pueblerina, cuando chupaba esta fruta sin preguntarse  nada. Pero el tiempo cambia a la gente, o mejor, lo cambia todo.

Llamado técnicamente “melicoccus bijigatus”, el limoncillo es un árbol capaz de crecer hasta 30 metros. Se dice que es originario de las zonas tropicales de América: Colombia, Venezuela, América Central y el Caribe. No se sabe quién siembre esta planta, pero  la hemos visto en patios, parques y  en fincas. Su mayor utilidad ha consistido en la sombra que propicia.

Un coquito cubierto de una leve capa pulposa se pasa de un lado a otro en la boca y deja un rastro entre dulce y manchoso. Algunas personas encuentran deleite en chupar esta fruta que no podría saciar el hambre. Su aporte más notorio es un  color: limoncillo. Y es más notorio que el contenido nutritivo de la fruta y que el valor y consistencia de la madera que regala el árbol.

El hombre del automóvil puso más velocidad a los limpiavidrios, pues la lluvia se había intensificado. Se acentuó su percepción de que una sociedad en la que los hombres en capacidad de producir se dedican a vender limoncillos es una sociedad atrasada. Más aún porque tanta  gente “come” esta frutica  inútil y peligrosa para los niños, que pueden atragantarlos.

Cuando el vendedor de limoncillos le pasó nuevamente por el lado, el hombre del automóvil bajó el cristal y le habló: ¿Oye, no te molesta andar bajo la lluvia? –le preguntó. El vendedor, joven y fornido, le sonrió tenuemente y respondió: “Yo lo compra por saco, porque yo mantiene dos familias”. Y se echó a correr de nuevo. El semáforo cambió, y el otro hombre puso en marcha su vehículo. El de a pie siguió vendiendo quenepas bajo la lluvia.

El Nacional

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