El espeso y hermoso tamarindo de hojas gráciles, refugio de hasta doce especies de aves en el patio sombreado, la mata de aguacate, que ofrece el pollo verde a la gente humilde, el mango que disfrutaba la familia, la cereza preciosa, van perteneciendo a un pretérito cuyo lamento no tardará en parecerse al crujido de dientes.
La historia discurre como una razonable visión del pasado que impedirá, si no se la toma por los cuernos, repetir errores que ya no se pueden sostener sin consecuencias graves.
Un territorio en el que la gente vive como en círculo la inmediatez del momento, está condenado a quedarse a un lado del discurrir histórico.
No darse cuenta de lo que sucede trae consecuencias riesgosas para mucha gente.
No entrenarse para eventos como por ejemplo un terremoto o la secuela inédita del clima, cambiante por sí, se acerca al suicidio.
Precisamente en el momento del amargo trance hacia el duro cambio climático; una injusta orgía de quemado, secado y desmonte, sin precedentes aquí, asola la presencia del árbol.
En la práctica no hay lugar que no haya sufrido este trastorno anómalo de origen humano, cuando los acontecimientos deberían girar a la inversa: que hubiera más siembras de especies arbóreas.
Y mientras, el muy publicitado parque central, que se erigiría donde funcionaba el aeropuerto Cibao, nunca ha arrancado.
La iniciativa se ha quedado nomás en el humo de los efectos publicitarios.
La gente tampoco está acometiendo las mejores prácticas conservacionistas y hay restos y desperdicios lanzados por doquier en los botados, abundantes repartidos en barrios y urbanizaciones.
Ahora el valle del Cibao- en razón del cambio y asimismo de la guerra contra el árbol, es más cálido y quemante en verano y no se habían registrado temperaturas de hasta 38 grados como ya es lo corriente durante esa estación de amenaza cardíaca.
Secar árboles centenarios con gasolina o gasoil es ya un deporte extendido.
Nuevas urbanizaciones: corte masivo, plazas levantadas, árboles derribados, supermercados abiertos, bosques hermosos que desaparecen en horas.
Cuando más se necesita del entorno natural, de la sombra, del efecto descontaminante, más se arremete, extermina y vaporiza para siempre al indefenso ser que no tiene la manera de enfrentar su cruel destino.
La contraparte es un predominio extraordinario del material plástico, lesivo a la tierra, al agua y al medio ambiente en general.
Ya hasta algunas organizaciones de protesta lanzan una que otra de estas criaturas indefensas al medio del camino como parte sustancial de sus gritos por arreglos de calles y obras estatales.
Las catástrofes que prevé la ciencia probablemente no sea como la de un titánico choque de galaxias.
Pero el ser humano, que es más frágil de lo que se piensa a sí mismo, sufre con dolor, como todos los seres sensibles, hasta lo más leve que afecta el orden que han dispuesto esas leyes no evidentes que son las armas cruciales de la naturaleza.
Y ese es el drama actual de esta y otras ciudades, donde no reina el cuidado de estos detalles fundamentales.
La visión de un ritual de catástrofes planetarias talvez no esté a las puertas del día.
Pero ya va dejando sentir algunas señales que no se han tomado la molestia de interpretar los ciudadanos como puntos de emergencia a ser considerados.
Prevenir es sabiduría. La insensatez paga un precio.
Las transformaciones sociales, naturales, espaciales y de todo género ocurren con o sin la intervención humana.
El entrenamiento para adaptarse a estas posibilidades hace la diferencia.
No hay en estos momentos una iniciativa conservacionistas que de visos siquiera de que estas prácticas están teniendo efecto en una sociedad como Santiago que tiene un conglomerado de un millón de habitantes.
