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El príncipe y el mendigo

Erase un principito curioso que quiso un día salir a pasear sin escolta.

 

Caminando por un barrio miserable de su ciudad, descubrió a un muchacho de su estatura que era en todo exacto a él.

 

-¡Si que es casualidad! -dijo el príncipe-. Nos parecemos como dos gotas de agua.

 

-Es cierto -reconoció el mendigo-. Pero yo voy vestido de andrajos y tú te cubres de sedas y terciopelo. Sería feliz si pudiera vestir durante un instante la ropa que llevas tú.

 

Entonces el príncipe, avergonzado de su riqueza, se despojó de su traje, calzado y el collar de la Orden de la Serpiente, cuajado de piedras preciosas.

 

-Eres exacto a mi -repitió el príncipe, que se había vestido, en tanto, las ropas del mendigo.

 

Aquella noche moría el anciano rey y el mendigo ocupó el trono. Lleno su corazón de rencor por la miseria en que su vida había transcurrido, empezó a oprimir al pueblo, ansioso de riquezas.

 

Y mientras tanto, el verdadero príncipe, tras las verjas del palacio, esperaba que le arrojasen un pedazo de pan.

 

-Porque se ocupó de enseñarme cuanto sabía. Era mi padre.

 

-Es la señal que vi en el príncipe recién nacido! -exclamó el general.

 

Comprendió entonces que la persona que ocupaba el trono no era el verdadero rey y, con su autoridad, ciño la corona en las sienes de su autentico dueño.

 

El principe había sufrido demasiado y sabia perdonar. El usurpador no recibio mas castigo que el de trabajar a diario.

 

Cuando el pueblo alababa el arte de su rey para gobernar y su gran generosidad el respondia:

 

Es gracias a haber vivido y sufrido con el pueblo por lo que hoy puedo ser un buen rey.

 

Aviso

Semana invita a los escritores de literatura infantil   a que  aprovechen este espacio, a fin de que contribuyamos a incentivar el hábito de lectura en los niños. Las colaboraciones deben ser acorde con el espacio disponible.

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