Entre China y Taiwán



Eduardo Álvarez

A nuestro país le conviene mantener su estatus diplomático con Taiwán. Que Republica Dominicana forme parte del concierto de naciones que tienen relaciones con China ya no hace la diferencia para esa gran potencia con asomos imperialistas. La sagacidad es fundamental en la diplomacia, por tanto procede emplear el sentido de la oportunidad, tomando en cuenta las ventajas comparativas de estar al lado de un país que verdaderamente nos tome en cuenta.

Si hubo una ocasión en que importara vincularnos completamente a China, ese momento pasó. De hecho, diez años atrás el gobierno dominicano dio los primeros pasos para establecer embajada en Beijing, gesto supeditado, entonces, a un entendimiento político chino-taiwanés. Clara evidencia de las desventajas que ofrecerían esas relaciones. Los países que han dado ese paso últimamente han vivido esa experiencia. A propósito, dicen que Costa Rica y Panamá fueron por lana y salieron trasquilados.

Para Taiwán, República Dominicana es importante, en tanto que para China parece no serlo. Ni le sumamos ni le restamos nada. Abundan los programas de cooperación con el primero, igual, las relaciones comerciales representan una tarea pendiente para la búsqueda de nuevos mercados de ambos lado.

Taiwán acaba de comprar cacao dominicano, en procura de otros productos agrícolas. En tanto que la parte del continente no toma muy en serio nuestras ofertas por su tamaño. Somos un grano de arena en el desierto al lado de sus demandas.

Si para uno representamos el amigo fiel que se mantiene firme compartiendo experiencias y negocios, para el otro podemos ser simplemente una cifra. Ahora somos parte de las preocupaciones taiwanesas y nos unen condiciones geográficas. China, por su lado, cifra sus empeños en equipararse o superar las fuerzas económicas y militares de grandes potencias, como Estados Unidos y Rusia.

El tema armamentista, solventar las diferencias entre los americanos y Corea del Norte, cuidar del Mar de China, asechar los avances japoneses y jugar con los imprevistos de Trump no son poca cosa para un país que apenas estrena sus garras imperiales como pertenencia económica incipiente.

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