58 aniversario Del ajusticiamiento de Trujillo

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De las dictaduras que ha padecido el pueblo dominicano algunas han terminado muy mal, y otras, por lo menos tres, han logrado salir del poder sin perder la vida. Santana, Báez y Balaguer fueron favorecidos por las circunstancias y salieron del poder sin mayores dificultades.

En cambio, Ulises Heureaux (Lilís), Ramón Cáceres y Rafael Leonidas Trujillo actuaron de tal manera que perjudicaron intereses económicos y sociales al crear un “nuevo ordenamiento” que perjudicaba a los que se beneficiaban del caos anterior, lo que dio como respuestas aprestos conspirativos que se saldaron con la vida del dictador. Aunque cabe señalar que Cáceres fue asesinado por otras causas.

El caso de Trujillo es sobresaliente por su propensión a la fastuosidad, las ofensas personales, los abusos y la crueldad extrema para crear las condiciones que permitieran la reproducción del capitalismo y la ampliación de las formas de acumulación de capitales, puede decirse que su muerte fue buscada y no pocos estaban dispuestos a llevarla a cabo, como muestran las múltiples conspiraciones que se registraron en su contra desde que asumió el poder en el 1930.

La obra de Trujillo fue grandiosa en términos de materialidad estatal, ningún gobernante posterior la ha superado. El apego a las apariencias legales se cumplía cuasi siempre; los legalismos se guardaban para aparentar no “democracia” sino progreso en el marco de las leyes; empero, la esencia de la dictadura era la exclusión y la arbitrariedad criminal por tratarse de un régimen para la extracción de plusvalía absoluta.

La disciplina social era toda una pantomima, una cuestión creada mediante el control de todos los estamentos sociales; tan pronto fue ajusticiado Trujillo el país volvió al caos de los políticos y militares que caracterizó el quehacer político de la segunda mitad del Siglo XIX, cada grupo pugnando por el control del Estado, para ponerlo a su servicio y así usarlo para acumular capitales y ampliar fortunas y poderes, en un marco de impunidad jurídico-administrativo y de constante violación al ordenamiento constitucional y legal.

La separación de los poderes públicos durante la dictadura nunca se reivindicó, pues no era menester. Eso sí, la gigantesca acumulación de capitales se efectuó exitosamente hasta surgir una significativa clase capitalista, una clase media y una clase obrera enfrentadas, no obstante la alienación y la ausencia de libertades públicas.

El Jefe, mejor conocido como Chapita, se apoyó en la gran base económico-financiera, heredada de la base social del Siglo XIX y en la fracción que él creó, en la alta jerarquía eclesiástica, muy bien pagada; en la eficiente burocracia civil y militar responsable de la administración político-jurídica del Estado y el gobierno; también se sostuvo en el aparato escolar, a todos los niveles; en el Partido Dominicano y en sus aliados; en los intelectuales genuflexos que llegaron a establecer el Instituto Trujilloniano para estudiar la magna obra y “el pensamiento” de Chapita.

A pesar del apoyo del empresariado, la iglesia, el éxito relativo logrado y la capacidad criminal de los aparatos represivos y del aparente control de la sociedad a través de la prensa escrita, radial y televisada, en poco tiempo todo se le fue de las manos y control al Jefe, entrando en una crisis catastrófica.

Entre 1957 y 1961 cayeron los precios de los productos de exportación, cambiando los términos del intercambio, que le habían sido antes favorables; los gastos de capitales se estancaron; los hijos de la alta burocracia estudiando en el extranjero cuestionaban de más en más al régimen; el exilio se movilizó ampliamente, los medios de propaganda y control políticos no pudieron impedir que surgiera una masa crítica a la dictadura a lo interno del país.

El triunfo revolucionario en Cuba, se convirtió en lógico estímulo a la unidad programática y de acción al exilio más consciente, y éste articuló el Movimiento de Liberación Dominicana (MLD) que organizó las expediciones patrióticas del 1959 y despertó las conciencias aún dormidas en el seno de la sociedad dominicana.

Cuando la cúpula eclesiástica leyó en todas las iglesias la Pastoral de 1960, con la que tomaba distancia del régimen, los dirigentes de la dictadura entraron en una crisis en la administración de la crisis. Todas esas circunstancias hicieron que la represión político-militar fuera ineficaz y contraproducente, exacerbando aún más la resistencia.

El asesinato de la emblemática Minerva Mirabal, sus hermanas y el chofer que las transportaba rebosaron la copa y como los norteamericanos actuaban articulados a un grupo de funcionarios disgustados con “El Jefe,” a través de la tenebrosa CIA, sus diplomáticos acreditados en el país y con otras embajadas, se consideró oportuno el momento para accionar y los complotados criollos produjeran el ajusticiamiento de El Jefe el 30 de mayo de 1961. Con ello entramos a una nueva fase histórica.