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Al Garete ¿Un viaje de esperanza?

Al Garete ¿Un viaje de esperanza?

Todo acto dramático es o puede ser ubicuo, cambia o puede cambiar de sentido. Una acción dramática es ella y lo que la rodea: sobre su acepción corriente se superponen matices que modifican esa acepción, y aun llegan a contradecirla.

De suerte que, el verdadero sentido de una obra es siempre virtual: no está tan sólo fijado por su tema, sino, por su innovación.

En la obra Miches. Ponle esperanza, de Julissa Rivera,  actualmente puesta en escena en la sala La Cuarta con el título “Al garete” (Náufragos) bajo la dirección  de Dioni Rufino, encontramos dos elementos íntimamente relacionados: tono y estilo, los cuales crean un espacio de desesperación mediante unos personajes que buscan redimirse a través de un viaje a un país “ya conocido”.

Dado que esta obra es “un pedazo de vida”, una síntesis de un acontecimiento social, sus personajes tales como, Madre- Miches, Embarazada, La rebelde, Loquita, Maestro, Estudiante, Boricua, Ayudante, entre otros,  desgarran su existencia hasta el horror. 

Estos personajes se presentan como individuos que eligen forzosamente su destino, con base y con principio, en toda su dimensión existencial.  En este drama, no hay uno, sino, múltiples  seres calcinados. 

Placer oscuro y tácito: para Julissa Rivera, quien encarna magníficamente el personaje Madre-Miches, la sensibilidad excluye tanto la deliberación como el patetismo. Es, por el contrario, fatal y secreta: no una adecuación a la realidad, sino, una impregnación de la realidad.

En el momento culminante de la obra se escucha la reflexión de Madre-Miches:

Hasta aquí llega mi suerte, creo que esta era mi última vida…No quiero morirme. No quiero morir sin nada en las manos. Tanta sangre, tanta muerte, tanto miedo, tanto desprecio, tanta humillación para nada.

Para acabar agarrado de una yola virada, con la esperanza de que aún me quede todavía otra vida.

El ritmo nervioso, desgarrado, de las sucesivas escenas puede estar largamente emparentado con el teatro de Brecht, Ibsen o Pinter.

El flujo transparente de la atmósfera, la histeria que brilla en los bordes de la mente de los personajes, presagia un clima trágico, de visiones shakespeariana del tormento, el miedo y el temor.

Las escenas de conflictos están ejecutadas conforme a un estilo descarnado y directo, y los viajeros desesperanzados hierven alrededor de su única  meta: llegar a un lugar, ya reiterado, pero desconocido.

Ya no se trata de articular o construir una falsa utopía, sino, de cambiarla y crear otra.

Este deseo puede ser “mágico”: no sólo busca encarnar el mundo, sino, exorcizarlo. La función simbólica de este deseo consiste en desvivir, pues el deseo une lo que el conocimiento separa.

El deseo y la esperanza me unen a las cosas, a los seres, al ser. Mientras todo el movimiento de objetivación dramática tiende a oponer el mundo al yo, el deseo y la esperanza, unen la intencionalidad que me saca fuera de mí, con el anhelo que me hace sentir existiendo; y así siempre se mueve por encima o por debajo del dualismo sujeto-objeto.

Al interiorizar todas las vinculaciones del yo, con el mundo, la esperanza suscita una nueva escisión, la escisión entre el yo y el deseo, al hacer sensible el dualismo entre la razón y la sensibilidad, que prefigura el objeto de mi meta como punto de fuga.

Para George Steiner, el deseo disloca al yo, entre dos aspiraciones, dos tensiones anhelantes fundamentales: la aspiración de la vida orgánica, que se consuma en la perfección momentánea de la fruición y la de la vida espiritual, que anhela la totalidad, la perfección de la felicidad.

Lo que sugiere Julissa Rivera es que la vida demanda enfrentar su propio destino, como ente total de los extremos, los opuestos y los contradictorios entre sí. Sugiere que toda posible plenitud empieza en el vacío o  en la nada, o en “la otra orilla”, y a la vez que la niega, la prefigura.

No se trata de un simple enunciado de rebeldía contra “una” realidad: la de querer  existir para despojarse del porvenir; la de querer ser para escapar de “un hecho” o acontecimiento, sino, alcanzar  la epifanía del deseo y la esperanza.

Esta es la verdadera realidad para Rivera: la inversión de signos da paso a la equivalencia entre ellos. Una concepción de la realidad difícil de aceptar y de comprender.

Aunque nos suponemos dialécticos, el concepto de destino  de la autora, no parece contrariar nuestras creencias íntimas del hecho de que se pueda ser y no ser simultáneamente. 

La autora tiende a desvirtuar este prejuicio. No sólo habla de la ausencia sino que habla de ella como una presencia:   tiene cuerpo (los viajeros) y densidad (el destino).  Es una ausencia que está llena de mundo.

En esta obra, el desasimiento no implica un abandono del mundo, ni mucho menos renunciar a él. Es a la par un estar y un no estar, vale decir, un no estar en lo que se está y al revés.

No es un juego de palabra, sino, el acto de la experiencia desasida y errante.

¿Qué es lo que Rivera explora, lo que Miches… revela? La injusticia del ser en lo social, la marginalidad y el desamparo. Esta exigencia infinita es la que se abre a un abismo, a un distanciamiento y una angustia insondables, entre el ser y el mundo.

De esta manera la exigencia  de nuestra artista es ilimitada por parte del origen trascendente, por parte de su raíz existencial, y por parte del “otro”, de esos “pequeños” que encarnan la voz, la llamada del “derecho” y la “justicia”.

La penuria ontológica en que se sitúa  este drama constituye la experiencia de la desesperanza, para hablar de la negación que encierra la existencia misma. Es el sentimiento del desamparo y la vivencia de la continua destrucción de la muerte.

El Nacional

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