Rafael Ramos
ESPN.com
RÍO DE JANEIRO. El que a yerro mata, con yerros muere. Y Argentina hizo del perdón su propia condena. Hizo de su titubeo homicida, su apología del suicidio.
Y al minuto 113, el que llegó de la banca, el bombardero de lujo, Mario Götze, pone un bellísimo epitafio sobre la tumba albiceleste. Recibe con el pecho, solo, en el área, en la misma contorsión libera el instinto asesino: su remate es impecable, para respetar la estética completa del acto, cruzando a la izquierda de ‘Chiquito’ Romero.
Y Götze le da el goce supremo a Alemania. “Tré a gol y no sabía lo que estaba sucediendo”. Afirmó que no sabía “lo que estaba sucediendo» cuando tiró a puerta y logró el tanto del título. “Es una sensación increíble, no sé cómo describirla. Tiras a gol y no sabes ni lo que está sucediendo”, dijo Götze en una rueda de prensa después de la final, de la que fue elegido el mejor jugador por la FIFA.
El centrocampista dijo que el título es un “sueño hecho realidad” y dijo estar “más que feliz, muy orgulloso con el equipo y por todo lo que sucedió en Brasil”.
De su lado, el portero Manuel Neuer caliuficó la victoria de “increíble. Es una gran experiencia. Todos hemos tenido una cohesión increíble desde la preparación, ya que tuvimos algunos contratiempos y hemos perdido a jugadores como el Benders o Marco Reus, pero también son campeones del mundo”, comentó. “Alemania es campeona del mundo. No sé cuánto tiempo estaremos celebrándolo, pero ahora nos despertaremos con una sonrisa”, dijo el portero Manuel Neuer.
En la igualdad de ambiciones, en la desigualdad de propuestas, y en la igualdad de gallardía, con la desigualdad de conceptos futbolísticos, Alemania se corona campeón del mundo. Bajando del cielo abierto de Brasil, la cuarta estrella del universo de los monarcas del futbol.
Con crestas y valles, pero intenso, de ardorosa pelea, y de franco combate, en un magnífico Maracaná, que se resignaba con una lágrima furtiva a ceder su Templo Mayor, uno de los templos mayores del futbol, a que dos intrusos, se despedazaran entre sí, por el reinado de cuatro años, ante 74 mil 738 aficionados.
¿Lionel Messi? Tuvo tres ofrendas benditas para sublimarse como el héroe de la noche, del Mundial, de la vida ansiosa de Argentina por volver a ser campeón. Pero en las tres, claras, especialmente para un hombre de sus virtudes y genialidades, terminó demostrando que sigue en su año sabático, aún con la camiseta de su país.
Es oficial. No hay espacio para él en el recinto sagrado de Pelé y Maradona, pero como otros, como muchos, como tantos, siempre podrá arrimar oro, mirra e incienso. Sin respiro en la cancha. Sin respirar en la tribuna. Un primer tiempo en que la adrenalina argentina y la escuela alemana colisionaban ante la ansiedad y el nervio compartido.

