Amor y conocimiento no siempre van de la mano



Cuanto más se conoce al otro debería amársele más, sin embargo, a veces, sucede todo lo contrario. Conocer y amar no siempre van de las manos.

Conocimiento del otro es conocer sus aciertos y desaciertos, “defectos y virtudes” fruto del crecimiento en caos, que es la experiencia, el vivir, más no la sabiduría. A veces se entiende que amar al otro es que haga lo que nosotros queramos.

Al convertir en una regla de oro amar es dominar, es porque en el fondo no nos gusta que nos conozcan. Somos hijos del misterio y hacia el misterio vamos de manera irreversible.

La claridad en nuestros actos hay que ganársela y en la mayoría de los casos no estamos dispuestos a ello. De ahí que provenga, quizás, que nunca se llega a conocer a alguien, y eso es una verdad por parte y no la mejor del conocimiento entre personas.

Viene al cuento cuando el otro hace algo “cuestionable”, y pegamos el grito al cielo porque no lo esperábamos. En esencia, esperamos todo lo bueno y lo malo de cualquiera, inclusive de nosotros mismos, pero nos exoneramos al pensarlo. Es que no nos pensamos como debiéramos al juzgar al otro.

¿Conocemos a quien decimos amar, odiar? Cómo nos esforzamos en conocernos a nosotros mismos, conocemos al otro, al que nos importa.

Conocer es un verbo de luz, porque involucra nuestro ser desde el otro, desde lo que otro significa para nosotros mismos.

¿Qué tenemos que hacer para conocernos desde el otro? ¿Pasa lo mismo con orar, que es una forma de comunicación con algo trascendente? Queremos conocer lo trascendente a partir de un murmullo de palabras intercaladas con silencios. Podría ser y el único que gana “ganancias de pescadores”, ¿somos nosotros mismos? Es posible.

Nos damos a conocer por amor, por “debilidad”, porque necesitamos que el otro nos comprenda para que nos admire y admita, para negarlo mañana con cualquier acto trascendente e intrascendente, que es típico de la naturaleza humana, llevado a cabo o no, que para el pensar posee las mismas consecuencias.
Soy dado al conocimiento por amor que tornase luego en desconocimiento en el mismo orden en que voy ahondado en eso que quiero conocer, conocerme a mí mismo por amor al igual que al otro. Parte del fin supremo de la entrega.

Lo que sucede es que si sentimos o percibimos que nos conocen empezamos a hacer cosas para que ese otro se desconcierte y empiece a dudar que, si una vez dijo que nos conocía, resbale a la duda. Aunque la duda sea una de las madres del conocimiento. En el fondo, dudar podría ser la lucha interna del amor por imponerse.

Cuando decimos conocer por amor, pasa algo para trastornarlo, para que nos sintamos empujados hacia la decepción, que también es una forma de conocimiento. ¿De dónde proviene? De nosotros mismos. En cierta manera, todo va hacia el conocimiento de nosotros mismos desde los actos del otro hasta de los propios, entonces no debe ser extraño nuestro proceder.

Al alejarnos de lo amado se busca, con la niebla de la distancia, que no nos vea ni vernos a nosotros mismos, pero que nos sientan, aun convirtiéndonos en invisibles. Inmenso y espeso es el alejamiento para que nos conozcan menos cada vez, cada segundo, horas, hasta alcanzar el olvido de que nadie sepa, incluyéndonos, quienes somos. Si el tiempo es un instante, es mejor tomarlo en cuenta como segundo, minutos, horas.

De ahí proponer estudiar al hombre desde punto de vista espiritual, parecería descabellado, pero podría dar buenos resultados para ponderar cómo andamos en el diario vivir, que al final de cuenta, es el que diagnostica con más claridad qué somos en lo que aparece otra cosa, otra especulación, otro entrar en detalles.

Estudiar espiritualmente todo y cada una de las cosas que nos importan; ante todo esto es lo que cuenta, aun haya manipulación, somos lo que dice el otro.

El otro es el que nos define de manera casi definitiva, en cualquier orden en que nos pensemos. Todo lo hacemos por y para el otro, que es el mejor espejo para verse además del cuerpo, el alma.

El autor es escritor.