Opinión

Aquel viejo refrán

Aquel viejo refrán

Para acallar los múltiples enojos populares que detonan en protestas callejeras, el Jefe de Estado ha decidido entablar diálogos barriales que, en estas circunstancias, apenas sirven para anestesiar la frustración nacional. El clima de tranquilidad que se percibe es virtual, ya que no encubre los crecientes dolores de nuestros pobres ni su constante tragedia.

 Los precios de los alimentos no cesan de subir, los medicamentos son prohibitivos, el hambre campea a tal punto que hoy le muerde también el estomago a quienes hasta ayer la conocían solo en el ajeno. En fin, los motivos del extenso rimero de insatisfacciones son de todos conocidos, y lo corona  la impudicia femenina de algunos funcionarios.

 Un país no puede desarrollarse así. Es imposible que entre dentelladas al erario y el endeudamiento que se ha contraído por cuenta de los ingresos de sabe Dios qué generación por nacer, podamos superar las dificultades actuales y las que se avizoran en el porvenir. Estamos subiendo una pendiente resbaladiza sin otra cosa en que apoyarnos que no sea en la fe.

Hipólito Mejía, más enamorado del bienestar de su pueblo que en el embrujo del Poder, es una puerta de esperanza, y, aunque no hará milagros, porque milagros hace Jesucristo, puede darse por descontado que su administración será más humana y sensible ante las privaciones que angustian a los dominicanos. Un viejo refrán español reza que “no hay mal que por bien no venga”, y aunque apenas nos sirva de consuelo, debemos asumir que es cierto, pues la rabia e impotencia que ahora nos domina, servirá al menos para darle paso el 20 de mayo próximo a un cambio de gobierno y a una vida mejor.

El Nacional

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