Dos campañas publicitarias sobre los valores morales de la sociedad se escuchan en la radio y se ven en la televisión. Una es patrocinada por el Despacho de la Primera Dama y la otra por un banco comercial. No pongo en duda la buena intención de ambas campañas. Los spots del Despacho de la Primera Dama están dirigidos a la niñez. El menor que demuestra ser honesto recibe un: ¡Bien por ti! Esa campaña ha debido ser dirigida a los adultos que educan a los niños, porque los niños absorben lo que ven en sus hogares, en las escuelas, en el barrio…
El ser social justifica la conciencia social, estableció Marx. Todos nacemos buenos, pero no todos tenemos las mismas oportunidades. Un niño nacido en un barrio marginado con unos padres sin empleo decente y en un hogar donde la violencia es signo de sobrevivencia, lo más probable es que no llegue a los 18 años. Y si lo hace, su destino será la cárcel o el cementerio después de un intercambio de disparos.
El problema es mucho más profundo. Los valores tienen un carácter de clase. Las ideas dominantes de cada época son las de las clases gobernantes. Esas clases son las que educan, y crean una estructura ideológica que garantice su poder.
Los niños no forman la sociedad, es al contrario, la sociedad, con sus valores intrínsecos, forman (deforman) a los niños que luego serán adultos.
Las estadísticas de marginalidad y pobreza no mienten. El crecimiento económico del que tanto se habla, no contribuye a mejorar la situación de las mayorías. Al contrario, explica la gran concentración de riqueza en pocas manos.
Mientras pocos hombres y mujeres lo tienen todo, muchísimos no tienen nada. Los hijos de los pobres desertarán, si llegan a las escuelas, mientras los hijos de los ricos estudiarán para ocupar el rol de poder que les tiene asignada la sociedad que sus padres crearon para ellos. Y de esa manera se reedita el control social.
El Despacho de la Primera Dama quiere que los de abajo actúen apegados a unos valores que los de arriba no respetan ni practican. La mejor muestra es el gobierno que preside su marido. A muy pocos funcionarios podríamos decirles: ¡Bien por ti! Al contrario, a casi todos tendríamos que gritarles: ¡Mal por ti!

