La extinción de los dinosaurios: ocurrió hace 65 millones de años, cuando una roca de 180 km de diámetro penetró nuestra atmósfera a 260 mil km por hora, sumergiéndose a 900 metros bajo el suelo, es el tercer cráter de impacto más grande de la Tierra, pero irónicamente su tamaño colosal impidió que fuera descubierto hasta 1978. Era tan grande dicha oquedad, que sólo pudo ser detectada desde el espacio, en lo que aparentaba ser una fosa marina, pero no. Era un cráter de impacto.
Este agujero colosal se localiza la comunidad rural de Chicxulub, en Yucatán México, (de donde proviene su nombre), provocado por un asteroide más grande que el Monte Everest, que generó una explosión de 200 mil gigatones de energía, o 10 mil millones de veces la potencia de la bomba atómica de Hiroshima.
¿Si nosotros hubiéramos estado allí, que habríamos experimentado antes del seguro final de nuestra existencia? Habríamos contemplado horrorizados una roca inmensa, 5 veces más grande que el Pico Duarte, que cruzaba el cielo 30 veces más rápido que un avión supersónico, completamente envuelta en fuego y magma, con una cola de llamas de 190 kilómetros, de modo que no podríamos verla completa. Junto con ella, cientos de rocas menores escoltándola celosamente. El estallido sónico dejaría sordos al momento a millones de personas, y el penetrante olor a gases tóxicos sería insoportable.
En aquel remoto entonces, mientras los dinosaurios corrían despavoridos, buscando inútilmente salvar su vida, el estallido lanzaba al espacio una columna gigantesca de polvo y vapor ardientes que convirtieron la atmósfera en un infierno. Y lo peor, regresaron a la Tierra en forma de lluvia de ácido sulfúrico y granizos ardientes que duró una semana sin parar. Un millón de años después, la vida volvería a brotar.
La onda de choque vaporizó al instante todo cuanto había en 2 mil km a la redonda, desatando la actividad volcánica al otro lado del mundo.
