Opinión

Cándida

Cándida

Cuando escucho a los historiadores debatiendo si fueron 19,000 o 30,000 las víctimas de la masacre del 1937 me asombro. Porque lo que importa no es el número, sino el hecho en sí y lo que también provocó en las familias de otros inmigrantes, todos negros, en esta media isla.

Es la historia de Cándida, una alta y hermosa mujer morena, en los estándares dominicanos, cuya madre se llamaba Gwendolyn, era de una de las islas entonces danesas, y su apellido era Glisa-Vanderpul. Gwendolyn viajó a La Romana, y allí conoció a su esposo, un inmigrante de la isla de Saint Vincent. De esa unión nació Cándida, una bella niña que en el 1937 tenía apenas dos años.

Temiendo lo peor, su madre se la entregó a su madrina, que era de las Islas Vírgenes, para que la sacara del país. Esta se llevó a Cándida, pero al llegar a Saint Thomas, en las Islas Vírgenes, en Emigración le dijeron que esa niña era dominicana y no la dejaron entrar. La madrina entonces tuvo que devolverse y dejar a Cándida con unos conocidos en Anguila.

Cándida jamás volvió a ver a su madrina, quien se fue a los Estados Unidos y tuvo que quedarse en Anguila (donde fue molestada de pequeña, violada y abusada laboralmente) hasta que a los catorce años pudo escaparse a la isla de Saint Martin. Ahí conoció al padre, San Martin iqueño, de su hijo, el hoy organizador de las Ferias del Libro y allí, finalmente encontró la estabilidad, seguridad y alegría que perdió a los dos años cuando su madre, aterrorizada por la masacre del 1937, la envió fuera del país.

Empero una tristeza siempre acosaba a Cándida: No haber conocido a su madre. Hasta que un día un primo suyo viajó a La Romana, comenzó a preguntar por Gwendolyn y la encontró. Es así como Cándida regresa a la tierra donde nació, para reencontrarse con su madre ¡42 años después!

Todavía hoy Cándida no puede narrar la experiencia sin llorar a mares, porque lo único que Gwendolyn estaba esperando para morirse era el regreso de su hija, por eso un año después falleció y Cándida cree que en paz.

Cándida es solo un fragmento de la gigantesca tragedia que desató la masacre del 1937 en esta media isla, por eso cuando se habla de cifras de deportación hay que pensar en la niñez y en cómo destruimos sus mundos.

De esa destrucción es que hay que hablarle a las grandes potencias cuando producen refugiados como fichas de dominó, en salones con aire acondicionado donde Trump, Macron, Mary, o Putin nunca escuchan los gritos de los ahogados, o los huérfanos.

El Nacional

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